lunes, 28 de enero de 2013

ABRAHAM: Un Hombre de Oración

Gn 18.16-33 La oración es una práctica normal y esperada de todos los cristianos. Se trata de uno de los matices más importantes de nuestra espiritualidad como creyentes. Pero ¿sabemos orar según la voluntad de Dios? Abraham se nos presenta aquí como un hombre de oración y de intercesión. Este pasaje de su vida nos enseña mucho sobre qué debemos creer acerca de la oración y, por supuesto, sobre cómo orar según la voluntad de Dios. Hay algunos elementos en esta historia que nos llaman la atención sobre la oración. 1. Oramos porque Dios toma la iniciativa: no somos nosotros los que tomamos la iniciativa de orar y de buscar a Dios, como si fuera algo natural en nosotros mismos. Más bien, lo que torna la oración una actitud de espiritualidad es que se genera en Dios y no en nosotros. En el texto vemos como Dios le incitó a Abraham a orar e interceder a favor de Sodoma: “Abraham los acompañó para despedirlos. Pero el Señor estaba pensando: ´¿Le ocultaré a Abraham lo que voy a hacer?´ Es un hecho que Abraham se convertirá en una nación grande y poderosa, y que en él serán bendecidas todas las naciones de la tierra” (18.16-18). Con estas palabras el texto nos enseña como Dios le hace saber algo a Abraham para que, entonces, este se sienta vocacionalmente responsable ante Dios para orar e interceder. La promesa (Gn 12.3) se repite aquí como una forma de mover a Abraham a la oración, es responsable por interceder y ser de bendición para las naciones. Además, vemos en 18.19 que Dios declara que ha elegido a Abraham deliberadamente para que instruyera a sus descendientes a mantenerse en el camino del Señor, pues esa era la forma en que el Señor cumpliría su promesa. En ese sentido, la elección de Abraham le exigía que intercediera en aquel momento por la vida de los habitantes de Sodoma. Tenía que orar porque esa era la voluntad y la iniciativa de Dios en su vida. Leyendo también el 18.33 que no ha sido Abraham el que terminó de orar, sino más bien, que “el Señor terminó de hablar con Abraham”. Incluso la iniciativa de terminar la oración fue de Dios. Juntando estas informaciones podemos concluir que la espiritualidad de la oración, y su eficacia, no reside en que tengamos una fe especial o algún don sobrenatural, sino que reside en que orar es la decisión y la iniciativa de Dios para su pueblo elegido. Oramos porque Dios toma la iniciativa y nos lleva a orar. 2. Oramos porque hay un clamor ante Dios: “el Señor le dijo: el clamor contra Sodoma y Gomorra resulta ya insoportable, y su pecado es gravísimo…” (18.20-21). Dios le hizo saber a Abraham la necesidad de arrepentimiento que había entre las personas de Sodoma y Gomorra. Dios le presentó la situación tal como era ante sus ojos, no como le pareciera ser a Abraham o a cualquiera de nosotros… Para Dios el pecado de aquellas personas era ya insoportable y gravísimo, y estaba decidido a juzgar con severidad a esta gente. La oración existe y cobra sentido porque hay un desequilibro entre las acciones de los hombres (sea individualmente, sea sistémicamente) y la justicia de Dios. La injusticia humana, sea la que fuere, siempre hiere la voluntad de Dios, lo que resulta en un clamor insoportable y gravísimo ante Dios. En ese sentido, el choque entre las acciones humanas y la voluntad de Dios resulta en una espiritualidad fuertemente marcada por la oración y por la intercesión. 3. Oramos porque es lo que Dios espera de nosotros: “pero Abraham se quedó en pie frente al Señor. Entonces se acercó al Señor y le dijo” (18.22-23). Posiblemente el texto diga “el Señor se quedó en pie frente a Abraham”. Según algunos comentaristas el cambio de posición de los personajes se haya hecho por algún escriba temiendo una posible irreverencia. Por lo menos, estas palabras fueron catalogadas por los masoretas como una corrección en ese sentido. Pero lo importante es notar que había por parte de Dios una expectativa (si es que podemos usar esta palabra) en cuanto a la actitud de oración de Abraham. Estaban de frente uno al otro, se miraban y Abraham entonces le dijo… Así que uno de los elementos de la oración es que oramos porque esa es la voluntad de Dios para sus siervos, es lo que Dios espera de todos nosotros. 4. Oramos porque razonamos con Dios sobre la justicia: “¿De veras vas a exterminar al justo junto con el malvado?” (18.23-32). ¿Los buenos pagan por los malos? Eso es lo que normalmente pasa cuando nos guiamos por las leyes y tradiciones humanas, pero ¿es así con la justicia de Dios? En base a esa pregunta y razonamiento, la oración asume un carácter único, vinculado a la promesa de ser bendición para todas las naciones del mundo (una misión que ahora nos toca vivir y cumplir – Mt 28.18-20). En su intercesión por los habitantes de Sodoma y Gomorra, Abraham fue descendiendo de 50 hasta llegar a los 10 posibles justos que justificarían que las ciudades no fueran destruidas por su pecado. Abraham hizo su razonamiento en base a lo que conocía de la persona de Dios y su justicia. Hizo su razonamiento en base a la palabra de Dios en la que le dio la promesa de ser el intercesor y mediador de la bendición a todas las naciones. Abraham conocía a su Dios, por eso podía razonar con él en base a su palabra y justicia reveladas: “¡Lejos de ti hacer tal cosa! ¿Matar al justo con el malvado, y que ambos sean tratados de la misma manera? ¡Jamás hagas tal cosa! Tú, que eres el Juez de toda la tierra, ¿no harás justicia?” (18.25). Siempre que oramos e intercedemos lo debemos hacer en base a quien es Dios, no a lo que queremos nosotros, o que creemos ser lo mejor para nosotros. La oración es un reflejo de quien Dios es y de qué Dios hace como el Juez de toda la tierra. Eso le da la debida forma y sentido a la espiritualidad de la oración en la vida cristiana. Así que es preciso que nuestra vida de oración asuma un perfil de ministerio, o sea, no podemos simplemente orar; más bien, debemos ejercer un ministerio serio de oración y de intercesión fundamentado en quien es Dios y en su obra de justificación en Cristo. Pero el razonamiento en la oración también lleva en cuenta lo que somos ante Dios: “reconozco que he sido muy atrevido al dirigirme a mi Señor, yo, que apenas soy polvo y ceniza” (18.27). Si oramos en base a quien Dios es, también debemos orar en base a lo que somos ante él. Abraham se reconoce pequeño e insignificante ante la grandeza de Dios. Si somos tan pequeño ¿Por qué creemos que sabemos lo que es mejor para nosotros y para los demás? ¿Por qué insistimos en que Dios cumpla nuestros deseos personales y no su voluntad eterna? La oración parte de personas pequeñas que se reconocen humildemente como dependientes de Dios y como sus siervos. Ese sentimiento y reconocimiento deben ser claros en nuestras vidas para que podamos orar como conviene reflejando la voluntad y la justicia de Dios, a semejanza del publicano que no ora como si fuera el dueño de Dios (Lc 18.9-14). En su oración y razonamiento con Dios, por varias veces nos dice el texto que Abraham insistió (18.29,30,31). La insistencia de Abraham era fruto de su conocimiento de Dios y no de sus ganas de realizar sus sueños de consumo. Insistía dentro de la voluntad de Dios, pues sabía que Dios prefiere la vida a muerte, la salvación a perdición, el perdón a venganza. Insistía en lo que sabía ser la obra redentora de Dios en el mundo. Insistía porque su misión era la de interceder por las vidas de los seres humanos. La correcta insistencia es fruto de una espiritualidad que conoce a Dios y se relaciona pacientemente con su acción redentora en el mundo. En ese sentido, la misión cristiana se fundamenta en un ministerio de insistente oración e intercesión a Dios por la vida de todos los demás seres humanos. 5. Oramos porque Dios nos responde: ¿Cómo respondió Dios a esta petición e intercesión de Abraham? De cierta manera puede parecer que Dios no atendió la oración de Abraham, pues destruyo a las dos ciudades ya que no encontró en ellas al menos diez justos. Pero si seguimos la lectura del próximo capítulo, encontramos indicios fuertes de la respuesta divina a la oración de Abraham. En primer lugar los dos ángeles confirmaron la decadencia en que vivían los moradores de la ciudad. Luego, encontraran a un solo justo, Lot, y se apresuraron a sacarle de la ciudad con toda su familia para que no fueran alcanzados por el juicio de Dios (19.12-17). Al final solo sobrevivieron Lot y sus dos hijas, pero la afirmación del verso 16 le da sentido a su salvación: “porque el Señor tuvo compasión de ellos”. El verso 19.29 amplia la idea diciendo que el Señor salvó a Lot porque se acordó de Abraham a quien había dado la promesa. Al no haber diez justo para preservar a las ciudades, Dios preservó a único justo de la condenación de los demás por sus graves pecados. Dios respondió a las peticiones de Abraham de una forma que no la podía imaginar, pero que estaba conforme su razonamiento con Dios: ¡el justo no ha pagado por los malvados! Oramos porque sabemos y confiamos en que Dios siempre responde a las oraciones de su pueblo. Ante la experiencia de Abraham como un hombre de oración, podemos aprender que oramos porque Dios es el que toma la iniciativa, porque hay un fuerte clamor ante Dios por los pecados e injusticias en todo el mundo, porque una vida comprometida con la oración es lo que Dios espera de sus siervos, porque razonamos con él acerca de su justicia en el mundo, y porque sabemos y confiamos en que Dios siempre responde a las oraciones. Orar e interceder son pilares importantes de la espiritualidad y de la misión cristiana.

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