lunes, 9 de junio de 2014
LOS QUE BUSCAN SON ENCONTRADOS
Juan 1.35-42
Siempre nos buscamos algo, sobre todo lo que creemos ser lo mejor para nosotros y para los nuestros. Nuestras búsquedas suelen girar alrededor de temas como una promoción, más dinero, placeres, estética, seguridad, estabilidad familiar y profesional, etc. Pero no hay mucha gente que aparente buscar a Dios o a una vida espiritual puesto que eso no está de moda o porque les parecerán a los demás que somos tontos y mediocres.
Vemos aquí el testimonio dado por Andrés acerca de su encuentro y diálogo con Cristo. Además registra el momento en que dejan por primera vez una estructura religiosa conocida (Juan el Bautista – v.37 o el judaísmo tradicional – v.47) para seguir exclusivamente a Jesucristo.
Su testimonio tuvo su origen en el mensaje dado por Juan el Bautista acerca de Jesucristo como siendo el Cordero de Dios (35). Sabemos que otros discípulos de Juan, aun tras su muerte, siguieron sus enseñanzas y practicas (Hc 19.1-5). Sin embargo, cuando estos dos deciden dejar a Juan para seguir a Cristo, motivados por el mensaje del propio Juan, vemos claramente que su ministerio cumplía con su propósito principal de enseñar a la gente al Mesías.
De los dos discípulos mencionados solo sabemos el nombre de Andrés, el otro se que en el anonimato pero la tradición lo identifica como Juan el autor del evangelio, que intencionalmente omite su nombre en todo el evangelio, autodenominándose “el discípulo amado” (13.23; 21.10).
Tras oír la palabra de Juan, sus dos discípulos “siguieron” a Jesús (37). La comprensión de lo que significa la expresión “cordero de Dios” les hizo pensar muy detenidamente sobre la persona y el sentido de su obra redentora a nuestro favor. “Cordero de Dios” les trajo a la mente y al corazón todo lo que le pasó a los israelitas cuando de su salida de Egipto: fueron salvados por Dios y la sangre de un cordero sacrificado en los umbrales de la puerta fue la señal de Dios para que la vida fuera preservada. Por tanto, querían seguir al verdadero cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
El verbo “seguir” en el Cuarto Evangelio se usa frecuentemente con el sentido de “seguir como un discípulo”, así lo entendemos en 1.43; 8.12; 12.26; 21.19,22 además de su sentido común (11.31; 21.20). De manera positiva, la actitud de seguir a Cristo se comprende en los dos sentidos, o sea, se fueron tras Cristo y lo hicieron con la declarada intención de tornarse en sus discípulos.
En ese sentido, necesitamos ampliar y darle su correcto equilibrio a nuestra comprensión y práctica de lo que significa ser un discípulo de Jesucristo. Seguir a Cristo no se puede convertir en un mero y vacio eslogan, tampoco se puede comprometerse con una vida dividida y descomprometida con el genuino evangelio de Jesucristo. Se de hecho queremos seguir a Cristo, lo tenemos que asumir de forma completa y transformadora de nuestro ser, de nuestros pensamientos, sentimientos y decisiones. Seguir a Cristo es un estilo de vida para el que él nos encontró.
Es muy importante la pregunta de Jesús en el v.38: “¿qué buscáis?” Jesús quería que articularan mejor lo que había en sus mentes y corazones, confrontándolos con su decisión de seguirle y con lo que eso conlleva de cada uno. El deseo de Cristo es que uno no le siga sin propósito o sin compromiso. Es preciso que todos los que seguimos a Cristo sepamos exactamente lo que estamos haciendo.
Es importante observar, también, que la respuesta de los dos empezó con la palabra “rabí”, un término honorable aplicado a los que se dedicaban exitosamente a la enseñanza. En este caso, le ha sido atribuido a Cristo como forma de reconocimiento por ser él el maestro enviado por Dios. En su respuesta, por tanto, los discípulos querían saber donde estaba hospedado Jesús. Su intención era la de no perder de vista a Jesús y de saber exactamente dónde encontrarle. En otras palabras, por la cultura de la época, le estaban pidiendo a Jesús que los recibieran en casa, los enseñasen y los tuvieran como sus discípulos.
Inmediatamente Jesucristo se dispone a estar con ellos y a recibirlos como sus discípulos. Les abre las puertas de su casa y de su vida. “Venid a ver” significa más que simplemente localizar su casa, significa “conocer y comulgar con él” Eso nos indica que la dinámica del discipulado de Jesucristo incluye inevitablemente el abrir de las puertas, el sentarse a la mesa, el compartir experiencias, el invertir tiempo con las personas, el ver y conocer a Dios a diario. Por eso los discípulos se quedaron todo aquél día con Cristo su maestro.
En la parte final del texto encontramos el testimonio dado por Andrés propiamente dicho. Al contrario del testimonio de Juan el Bautista, el de Andrés no fue público. Vemos que al menos en este primer momento dirigió su mensaje acerca de Cristo a una sola persona, su hermanos Pedro. Un testimonio dado como extensión de su búsqueda de Cristo y consecuente encuentro y dialogo con el maestro, un testimonio dado por ser Andrés un verdadero discípulo de Jesucristo. No podemos pensar ni hablar de testificar acerca de lo que hizo y hace Cristo si no somos verdaderamente sus discípulos, que mantenemos con él un compromiso de vida y de fe.
A principio el texto preséntanos a Andrés como el “hermano de Simón Pedro (v.40). Esto es importante a medida en que nos acordamos de que Pedro se tornó en una figura muy conocida de toda la iglesia en el primer siglo. Además, ser recordado como el hermano de Pedro y como el que lo llevó al encuentro con el Señor le ha sido, sin duda, un motivo de mucha alegría para Andrés.
Su testimonio dado a Pedro, a quien “encontró primero” (v.41), nos indica la importancia y la necesidad de testificar uno de Cristo de forma personal, gastando tiempo y vigor con la evangelización personal, de uno a uno, y con el necesario seguimiento y discipulado.
En ese sentido, el mensaje de Andrés a su hermano, aunque pueda parecernos muy corta, en verdad es extremadamente importante: “hemos encontrado al Mesías”. ‘Mesías’, que es el término hebreo para el griego ‘Cristo’, en todo el Nuevo Testamento solo aparece 2 veces y ambas en el evangelio de Juan (aquí y en 4.25). Encontrar al Mesías era encontrar la liberación más completa que, como pueblo, podrían disfrutar. Significaba encontrar el núcleo de la historia cuando se cumplirían las profecías dadas por Dios. Encontrar al Mesías fue un testimonio que tocó, por tanto, en lo más hondo del ser de Pedro. Fue la palabra acertada en el momento apropiado. Y eso es lo que las personas necesitan, de palabras sabias que les conecten a Cristo, como le pasó a Pedro que con su encuentro con el Mesías tuvo cambiado su propio nombre como una expresión de todo aquello que Jesucristo podría y lo haría en él y por su intermedio al mundo. Era conocido por el nombre de “Simón hijo de Juan” abreviado en Mt 16.17 por “Simón Barjonás” o “Hijo de Jonás. Ahora Cristo lo saluda por el nombre de “Cefas”, nombre arameo que corresponde al griego “Pedro”, siendo que ambos significan “piedra”.
Ese cambio de nombre, algo común en la Biblia, le indicó a Pedro un cambio completo de rumbo en su propia vida como resultado de haber sido encontrado por Cristo, rescatado por su gracia y dedicado a una misión especial. Con nosotros también pasa lo mismo, aunque nuestro nombre siga igual, nuestro corazón pasa por una creciente transformación por haber sido, al igual que Pedro, Juan y Andrés (que no necesitó tener su nombre cambiado para llevarle a Pedro el evangelio de Cristo), cada uno de nosotros encontrados por Jesucristo.
El desafío que tenemos frente a esta historia del encuentro de Cristo con Andrés, Juan y Pedro es vernos a nosotros mismos como personas con las que Jesucristo quiere también encontrarse y transformarnos con su gracia. Y el mensaje que nos queda es que si lo buscamos seremos por él encontrados: “buscad al Señor mientras se deje encontrar, llamadlo mientras esté cercano” (Is 55.6).
¡Que Dios nos encuentre con su luz en nuestra oscuridad, con su amor en nuestra indiferencia y con su perdón en nuestra culpabilidad!” ¡Amén!
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Encuentros y Diálogos de Cristo
miércoles, 26 de febrero de 2014
DONDE CRISTO NO HA SIDO ANUNCIADO Y DONDE CRISTO YA HA SIDO ANUNCIADO
Carlos del Pino
Puede que el titulo nos asuste un poco, puesto que fuimos muy bien condicionados con la idea de que el evangelio debe de ser fundamental y prioritariamente predicado a los pueblos que jamás oyeran de Cristo. El verdadero trabajo misionero, tal como se lo considera hoy de forma generalizada, debe realizarse en contextos no-alcanzados. Incluso se suele mencionar varios versículos para confirmarse esa teoría misionera… Predicar a personas, ambientes, pueblos o países donde Cristo ya ha sido anunciado es una premisa desprestigiada entre los evangélicos y misioneros, algo que no merece el debido apoyo, que no recibe el debido respeto, que no puede tener el mismo espacio en nuestros discursos, cultos y presupuestos. ¡Eso no es una verdad bíblica!
Nos olvidamos rápidamente que la palabra “naciones” de Mt 28.19 viene precedida por la palabra “todas”, lo que necesariamente incluye todos los contextos humanos de vida, los no alcanzados, los ya alcanzados, los barrios ricos de nuestras capitales, los creyentes sin iglesia y cualquiera otro modismo terminológico. “Todas las naciones” apuntan para el “ámbito de aplicación de la universalidad” (MORRIS, The Gospel According to Matthew, p.746) de la misión de Cristo y de la iglesia. Está vinculada y se deriva de “toda la autoridad” (28.18) recibida por Cristo como resultado directo e inevitable de su resurrección (28.1-10): debido a la realeza universal, absoluta y presente de Cristo, podemos discipular a personar en todos los contextos humanos y sociales, en todas las regiones del mundo, en todas las épocas de la historia hasta que vuelva Cristo. “El señorío universal de Jesús nos demanda ahora una misión universal” (FRANCE, Matthew, p.413).
“Todas las naciones” responde, también, al conflicto de entendimiento que ocurría en los primeros años de la iglesia en cuanto a “gentiles” y “judíos”. Inicialmente la iglesia creía que la evangelización debería estar restricta solamente a judíos (Mt 10.5-6), sin embargo esta restricción ahora da lugar a una misión que se preocupa con la formación de discípulos de Cristo en todas las naciones del mundo. Sabemos que “naciones” (ethnê) es un término que se usa, en el contexto de Mateo, refiriéndose a los gentiles y que podría significar la exclusión de una misión a los judíos, restringiéndola a un determinado grupo humanos (gentiles). Sin embargo, ese término significa simplemente que la misión que empezó entre los judíos debe extenderse necesariamente también a los gentiles.
Además, “todas las naciones” también se menciona en 24.9,14; 25.32 incluyendo a Israel en ese contexto humano general y universal. Mateo también hace uso de expresiones paralelas como “el evangelio será predicado en la totalidad del mundo habitado” (24.14 – oikoumene), “vosotros sois la luz del mundo/humanidad” (5.14 – kosmou, 13.38) “en cualquier lugar del mundo/humanidad (26.13 – en holô to kosmô) (BOSCH, Misión en Transformación, pp.90-91). Mateo no nos enseña que Cristo solo ha sido enviado a Israel o solo a los gentiles; más bien, su intención es presentarnos a Cristo como el único salvador de toda la humanidad (sin distinguirse por clases, razas, grupos, etnias, economía o previa experiencia religiosa). De hecho, Mateo está de acuerdo con Dn 7.14 llevándonos como iglesia a reconocer siempre, conceptual, teológica y estratégicamente, que en el reino de Dios “la membrecía no se basa en raza, sino que en la relación con Dios por medio de su Mesías (3.9; 8.11; 12.21; 21.28-32, 41-43; 22.8-10; 24.31; 26.13)” (FRANCE, Matthew, p.414).
Comparándose, también, Gn 11.1-9 con Gn 12.1-3 comprendemos que el evangelio no puede estar restringido a determinados grupos humanos. Entre otros vínculos, destacamos la repetición de “toda la tierra” e “todo el mundo” (misma palabra en el original) en el capítulo 11. Ocurre una vez en el inicio (1), dos veces a lo largo de la narración (4, 8) y dos veces al final (9). Se trata de una frase que indica la “divina reversión de las intenciones humanas” (LEDER, Reading Exodus to Learn and Learning to Read Exodus, CTJ 34, p.13) de hacer su “nombre” pecaminosamente famoso y autosuficiente en relación a Dios. “Toda la tierra” ha decidido conscientemente usar ladrillos, construir la ciudad con su torre y establecer su independencia de Dios. Por su parte, Dios respondió con la dispersión de “todo el mundo” por “toda la tierra” y con el fin de sus intenciones.
En el capítulo 12, el llamado a Abraham de dejar su “tierra” e irse a una nueva “tierra” bajo la guía de Dios, tiene como objetivo que “su nombre fuera famoso” debido a la bendición de Dios (en contraste con el “nombre famoso” debido al alejamiento de Dios – 11.4) y que “todas las familias/naciones/pueblos de la tierra” fueran bendecidas (no “confundidas – 11.7,9). Así siendo, establecemos un marco desde el que podemos definir claramente nuestros conceptos y prácticas misioneras: la bendición del evangelio debe de ser anunciada a “todo el mundo”, puesto que fue “todo el mundo” que pecó y se apartó culposamente de Dios.
Por tanto, no podemos más restringir la acción misionera de la iglesia, derivada de la misión del Cristo resucitado. La preocupación de las Escrituras es que el evangelio sea vivido y compartido con todos los seres humanos, supuestamente “alcanzados” o “no alcanzados”. El único campo misionero de la iglesia, por tanto, es toda la humanidad en todas sus dimensiones de vida.
lunes, 20 de mayo de 2013
ISAÍAS: su vida y ministerio profético
“Visión que recibió Isaías hijo de Amoz acerca de Judá y Jerusalén, durante los reinados de Uzías, Jotán, Acaz y Ezequías, reyes de Judá” - Isaías 1.1
A Isaias se le considera como uno de los profetas más importantes del Antiguo Testamento, dado el contenido de su libro principalmente por la forma como expone y presenta la doctrina de Cristo (el Mesías). Por los detalles de su profecía sobre Cristo se justifica el hecho de que se le considere el “profeta evangélico”.
Era hijo de Amoz, nacido a mediados del reinado de Uzías, en una época de aparente estabilidad y relativa prosperidad para Judá. Su llamado por Dios para el oficio profético se da en el año de la muerte del rey Uzías, y ejerce su oficio profético durante los reinados de Uzías, Jotán, Acaz y Ezequías. Se casó muy posiblemente en el mismo año en que recibe de Dios su vocación como profeta y tuvo al menos dos hijos, a los que les dio nombres simbólicos por ocasión de la invasión sirio-efraimita. Se llamaban “un remanente volverá” (7.3) y el otro “pronto al saqueo, presto al botín” (8.3).
Al ver que el poder militar y las ganas de conquista de los asirios aumentaban, el reino de Israel (norte) hizo una alianza con Damasco (los sirios) para defenderse de los asirios. Invitaron a que Judá (sur) se uniera a ellos y como lo negó, le atacaran y le invadieron (Is 7), lo que hizo con que Acaz buscara apoyo en los asirios, que redujeron a Judá a una no deseada posición de vasallo de Asiria, mientras que Israel sufrió una dura invasión asiria perdiendo mucho de su territorio y acabando definitivamente con el reino de Israel. Llevan a ese territorio a árabes conquistados en otros lugares y los obligan a vivir ahí, con un poco de tiempo se mesclan con los israelíes que quedaron y poco después surge Samaria.
Durante la época de Ezequías hubo varios intentos de revueltas contra la dominación asiria. Ezequías buscaba hacer alianzas y encontró apoyo en Merodac Baladán, un caldeo que asumió el trono de Babilonia por un tiempo (Is 39), hasta que finalmente asume el trono Senaquerib. Frente a esa alianza las fuerzas de Asiria devastan a Judá y aplastan las rebeliones, sin llegar a tocar Jerusalén, pero no sin prejuicio para Asiria (37.36).
Isaias fue contra todas las alianzas por un lado y contra todas las revueltas y rebeliones por otro, puesto que su mensaje se centraba en que la verdadera salvación vendría de Dios y de su Siervo, el Mesías. No se sabe con certeza el fin de Isaias, pero la tradición judía dice que fue martirizado por Manases.
1. Su oficio profético:
Isaías fue profeta en Judá, no en Israel, a la vez que Amós, Oseas y Miqueas. Muchos pensamos hoy día que la profecía es una clase de revelación especial de Dios sobre lo que nos va a pasar en el futuro, una mescla de cristianismo muy espiritual con adivinanzas, o una palabra especial y llena del poder de Dios para nuestra vida hoy. Sin embargo, cuando vemos la profecía desde el prisma de los profetas del Antiguo Testamento nos damos cuenta de que se trata de algo muy distinto.
El oficio o el ministerio profético tiene que ver directa y profundamente con la exposición de las verdades de las Escrituras Sagradas, de forma a confrontar el pecado humano y todo lo demás que esté mal por consecuencia del pecado, e instar a que los hombres y las mujeres se vuelvan arrepentidos a Dios y a su santa palabra, en abandono del pecado y nueva vida. En ese sentido, basta echar un vistazo a lo que sigue en el capítulo 1 para ver como el profeta llama al pueblo de Judá y a sus gobernantes al arrepentimiento profundo y a una vuelta sincera a Dios. En ese sentido, la profecía empieza con un mensaje duro y amenazador en contra del pecado y del pecador, mostrando con la máxima claridad posible las consecuencias funestas del pecado tanto en la dimensión personal como en la dimensión social de la vida humana
Por eso, cuando Isaías empieza con la palabra “visión” no se refiere tanto a una experiencia visionaria estática y particular. Se refiere, más bien, a que todo lo que tiene que decir y escribir lo ha recibido de Dios, se trata de un término que autentica al profeta y a su profecía.
2. ¿Dónde y a quiénes profetizaba?:
Por el verso 1 nos damos cuenta que su profecía se destinaba a Judá y Jerusalén, obviamente tanto al pueblo común como a los reyes. Sin embargo, parece que Judá y Jerusalén formaron el primer círculo de acción profética de Isaías, puesto que a partir del capítulo 13 sus profecías llegan a otros pueblos y reyes en sus relaciones con Judá.
De eso ya podemos ver que Isaías tenía en mente que su mensaje profético de juicio contra el pecado y el pecador, y de la necesidad urgente de verdadero arrepentimiento, abandono del pecado y retorno a los principios de las Escrituras, era un mensaje destinado al pueblo de Dios y a los demás pueblos de su entorno.
La especificación de que Isaías profetizó “durante el reinado de Uzías, Jotán, Acaz y Ezequías, reyes de Judá” tiene su importancia porque definen muy bien la época y la dimensión socio-política que tuvo su profecía, además de que ya nos había indicado la región del mundo (Judá y Jerusalén). Eso indica que lo que dijo Isaías de parte de Dios lo dijo a un momento específico de la historia del pueblo de Dios, específicamente para el momento de vida de este pueblo, además de tener también una dimensión futura centrada exclusivamente en la venida y en el ministerio redentor del Cristo.
3. La perspectiva profética:
Para ayudarnos a comprender mejor cómo funciona este estilo literario llamado “profecía”, tan ampliamente difundido en el texto de las Escrituras, vale la pena mencionar lo que se conoce por “perspectiva profética”.
La perspectiva profética tiene que ver con dos dimensiones que asume la profecía en sí misma. Una primera dimensión es la contemporánea del profeta, la que afecta a los acontecimientos de sus propios días y de su vida. De esa dimensión el profeta está totalmente consciente, o sea, sabe que lo que dice tiene que ver con los eventos y acontecimientos que le son contemporáneos, con las cosas que le pasan a él y a su pueblo.
La segunda dimensión tiene que ver con el cumplimiento futuro (escatológico) de su profecía, siempre en referencia a la vida y obra de Jesús, el Cristo. De esa segunda dimensión el profeta no está de todo consciente, quizás solo la vea como una sombra distante, pero que ya le sirve, y al pueblo de Dios de entonces, de una verdadera esperanza.
Eso significa que el profeta tiene muy claro el sentido inmediato de su profecía, que siempre se relaciona con un mensaje contra el pecado y el pecador y la necesidad de arrepentimiento y cambio radical de vida. Pero no siempre tiene claro los significados que su profecía puede asumir en un futuro lejano, pero siempre tiene que ver con la vida y la obra salvadora del Mesías. La dimensión futura está presente y lo profeta lo sabe, pero se le presenta como una esperanza a ser aguardada.
4. La enseñanza del profeta:
De forma más amplia el tema que le da sentido a toda la profecía de Isaías es “la santidad de Dios”, reflejada de forma muy intensa en su llamamiento a ser profeta: “santo, santo, santo es el Señor Todopoderoso, toda la tierra está llena de su gloria” (6.3) y en consecuencia le responde: “¡ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos ¡y no obstante mis ojos han visto al Rey, al Señor Todopoderoso!” (6.5).
Otro tema muy central para Isaías es el “Siervo del Señor”, también conocido por el “Siervo Sufriente”. Hay 4 textos sobre el Siervo del Señor: 42.1-4; 49.1-6; 50.4-9; 52.1-53.12 conocidos como “los Cánticos del Siervo”. En Isaías, a Israel (norte y sur) se le considera el siervo del Señor, pero en los 4 cánticos el Siervo se identifica con el Mesías Salvador de Dios, como lo confirma el Nuevo Testamento sobre todo acerca del cuatro cántico: Mt 8.17; 1 Pe 2.24. La perspectiva profética nos puede ayudar a comprender esto: el Siervo se refería inicialmente a Israel, pero tendría su cumplimiento total en Jesucristo.
lunes, 13 de mayo de 2013
PABLO: de la era apostólica a la era pos-apostólica
Hechos 20.17-38
Un texto fascinante, puesto que se refiere a una predicación de Pablo a los líderes de la iglesia de Éfeso en un momento único de su vida, cuando ya tenía claro que jamás volvería a ver a estos hermanos, ni tampoco ellos a Pablo. Eso le da al discurso un sentido muy especial, donde se mesclan un poco de la historia de Pablo con los hermanos con su despedida definitiva, un poco de enseñanza con advertencias a los pastores locales, un poco de la alegría del encuentro con las lágrimas de la partida.
Hay algunos elementos que debemos mencionar antes de entrar propiamente en el texto: a) de los discursos registrados en Hechos, este es el único dirigido a cristianos; los demás son todos evangelísticos a judíos y gentiles, defensas de la fe ante el Sinedrín y los discursos ante las autoridades judaicas y romanas (22-26); b) los títulos dados a los líderes de la iglesia, presbíteros o ancianos (17), obispos (28) y pastores (28) son sinónimos y se refieren a las mismas personas llamadas para alimentar y cuidar de la iglesia; c) evidentemente en Éfeso había varios presbíteros/obispos/pastores que trabajaban juntos como equipo; d) se sabe que Lucas estuvo presente a este encuentro (13-16) y muy posiblemente haya tomado apuntes de todo lo que dijo Pablo, puesto que este discurso tiene mucho “sabor paulino” y los principales temas de sus cartas son aquí mencionados: la gracia de Dios (24,32), el reino de Dios (25), el propósito de Dios (27), la sangre de Cristo (28), arrepentimiento y fe (21), la iglesia y su edificación (28,32), el sufrimiento inevitable (23-24), el peligro de los falsos maestros (29-30), la necesidad de vigilancia (28,31), la carrera cristiana (24), la herencia final (32).
Con esto en mente, podemos ya dedicarnos a entender un poco mejor el discurso del apóstol y sus posibles significados para nosotros.
1. Su ministerio en Éfeso (20.18-21):
Habla de su ministerio en Éfeso con énfasis en elementos concretos conocidos por los líderes de ésta iglesia. Introduce su ministerio entre ellos con las palabras “vosotros sabéis”, por dos veces (18,20). Quiere que los efesios se acuerden de las énfasis ministeriales dadas por Pablo cuando estuvo con ellos. ¿De qué quiere Pablo que se acuerden los líderes de la iglesia?
a) “como me porté todo el tiempo que estuve con vosotros, desde el primer día que vine a la provincia de Asia” (18): el testimonio personal dado por Pablo era su primera credencial cristiana y una forma clara de confirmar que su ministerio había sido fructífero en Éfeso. Quería que su ejemplo cristiano y que la forma como vivía y se portaba entre todos fuera lo primero a ser recordado por los presbíteros;
b) “he servido al Señor con toda humildad y con lágrimas” (19): describe su trabajo como un servicio al Señor y frecuentemente se presentaba como “siervo del Señor” (Rm 1.1; Fp 1.1). Servía a Cristo sirviendo a la iglesia y a las personas, lo que le da un sentido más profundo al servicio; o sea, ni Pablo ni ninguno de nosotros podemos hablar de servir si no nos dedicamos a servir a los hermanos y a los demás. Si nos servimos a nosotros mismos o queremos que los demás nos sirvan en todo, es que todavía no hemos comprendido qué significa ser siervos de Cristo. Pablo sirvió a los efesios con humildad y con lágrimas, entre las persecuciones de los judíos. Al servir tenía muy claro que no lo hacía por reconocimientos, sino más bien por su sumisión a Jesucristo;
c) “no he vacilado en predicaros nada que os fuera de provecho, sino que os he enseñado públicamente y en las casas” (20): a lo largo de todo el tiempo y el ministerio en Éfeso, Pablo y los presbíteros sabían de su esfuerzo por enseñar con claridad, profundidad y practicidad las Escrituras Sagradas. El trabajo de Pablo siempre ha estado fundamentado en la enseñanza de la palabra de Dios. Para él, si no conocemos profundamente esta palabra jamás podremos conocer la persona y la obra de Dios. La enseñanza era uno de los pilares de su ministerio;
d) “a judíos y a griegos he instado a convertirse a Dios y a creer en nuestro señor Jesús” (21): otro fundamento de su ministerio ha sido la evangelización de judíos y griegos, o sea, de todos. El carácter misionero de su ministerio se destaca como otro de sus pilares. Creía que su llamado le llevaba a compartir el evangelio con los que todavía no creyesen en Cristo.
2. El fin de la era apostólica y sus sufrimientos futuros (20.22-27):
Lucas ya no dice “vosotros sabéis que…”, sino “tened ahora en cuenta que…” Si ya se habían acordado de cómo fue el ministerio de Pablo en Éfeso, consecuentemente tendrían ahora que tener en cuenta que su vida debería seguir por las mismas sendas en las que vino caminando a lo largo de toda su historia. Pablo no les anunciaba ningún cambio de sentido ni de dirección, solo de ciudad. Su ministerio seguiría por el mismo compas, pero el ministerio de los presbíteros-obispos-pastores de Éfeso asumiría, necesariamente, una dimensión más amplia.
Su principal preocupación no era a de sobrevivir a las persecuciones, ni tampoco la de evitar el sufrimiento que le esperaba en Jerusalén. Su principal preocupación era, eso sí, terminar su carrera y llevar a cabo el servicio de testificar de la gracia de Cristo, que le había encomendado el Señor, algo que lo estaba haciendo en Éfeso. Eso era lo que, de hecho, le importaba, pues lo tenía muy claro que su vida le carecía de valor ante la grandeza de Dios y la importancia de que otros le conocieran y le reconocieran como su Señor.
Estaba consciente de que le esperaban prisiones y sufrimientos en Jerusalén, pero parece que lo que más le preocupaba en cuanto a eso era que no volvería a ver a los efesios, a quienes tanto quería y era por ellos querido. Posiblemente, aquí esté el sufrimiento que más le costaba al apóstol, el saber que no estaría más con sus hermanos. Sin embargo, sabía muy bien que su ministerio entre ellos había sido completo, pues les había proclamado todo el propósito y designios de Dios. Había completado su carrera en Éfeso y con los efesios. Se completaba así la era apostólica para los efesios y con estas palabras Pablo les preparaba para el inicio de su era pos apostólica, aunque años más tarde ahí en Éfeso se radicó el apóstol Juan, desde donde coordinaba las siete iglesias de Asia Menor.
3. El inicio de la era pos apostólica y sus exhortaciones a los presbíteros (20.28-35):
El pasado ministerial de Pablo (conocido por los efesios) y sus nuevos desafíos ministeriales en Jerusalén (que debían los efesios tener en cuenta), iban a modelar el ministerio presente y futuro de estos pastores efesios, ahora sin el apoyo ni la presencia apostólica de forma directa. Pablo les prepara para asumir de manera plena sus responsabilidades ministeriales y vocacionales. Para vivir la misión de Cristo en esta era pos apostólica, Pablo les da las siguientes orientaciones:
a) “cuidad de vosotros mismos” (28): el cuidado con la vida personal y la búsqueda por la santidad de uno mismo es lo primero que se exige de cualquier cristiano, pero sobretodo del liderazgo. La confesión arrepentida, la dedicación al estudio de la palabra, la sumisión a la voluntad de Dios, la vida de oración, etc son elementos que jamás pueden ser menospreciados o sustituidos;
b) “y de todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo os ha puesto como obispos para pastorear la iglesia de Dios” (28): los presbíteros u obispos de Éfeso debería, según la orientación apostólica, dedicarse de forma muy especial y cuidadosa al pastoreo de la iglesia. Cuidar de la edificación espiritual, de la debida disciplina y de la enseñanza de la palabra era un ministerio del que no se podían olvidar. El liderazgo debe cuidar del rebaño de Dios porque ha recibido esa incumbencia del Espíritu Santo, se trata por tanto de un don y de una vocación. Por otro lado, ese ministerio cobra un especial sentido cuando entendemos que ese rebaño es la propia “iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre”. No se trata de una empresa, de una asociación, de un equipo deportivo… se trata del pueblo redimido y comprado por la sangre de Jesucristo. Eso le da al pastoreo, y al ejercicio de los dones por parte de todos, un carácter de mucha importancia y dedicación;
c) estar alerta con los falsos profetas (29-31): Pablo lo tenía muy claro: con su partida, en la era pos apostólica, se multiplicarían los que enseñan doctrinas equivocadas. Pablo usa dos figuras para describirles a ellos: la de lobos feroces que procuran acabar con el rebaño, y la de los que enseñan falsedades para arrastrar a los discípulos a que los sigan. Las dos tienen el mismo sentido y la actuación de los falsos maestros se viene llevando a cabo desde entonces y por todos los lugares del mundo. La amonestación del apóstol es muy importante, estar alerta con los falsos profetas y sus enseñanzas es una de las principales responsabilidades de los pastores y demás líderes. Exige tanto de ellos como de todos los hermanos una buena dosis de conocimiento de las Escrituras y de cuidado con la salud espiritual de la iglesia;
d) seguir el ejemplo apostólico (32-35): Pablo encomienda los líderes de Éfeso a Dios y al mensaje de su gracia, puesto que solo Dios por su generosa gracia nos puede edificar y santificar como iglesia y como cristianos. Y con base en la gracia de Dios, los pastores y los hermanos de la iglesia en Éfeso deben espejarse en el ejemplo de vida cristiana dado por Pablo, sobre todo en lo que concierne al tema financiero en la iglesia: el ejemplo dado por Pablo fue “no he codiciado ni la plata ni el oro ni la ropa de nadie… estas manos se han ocupado de mis propias necesidades y de las de mis compañeros… con mi ejemplo os he mostrado que es preciso trabajar duro para ayudar a los necesitados”.
Seguir el ejemplo apostólico nos conduce a una vida sencilla, contentos con lo que nos da Dios, en disponer de lo que tenemos para ayudar a hermanos en necesidad. El tema financiero en la iglesia puede ser causa de muchos problemas, desconfianzas, conflictos, desentendimientos y hasta divisiones. El ejemplo del apóstol se concluye con palabras muy sabias: “hay más dicha en dar que en recibir”. Todo se resume en cómo cada uno de nosotros nos relacionamos con nuestros propios recursos y bienes: ¿son solo nuestros y para nuestros caprichos y deseos, o son también para ser compartidos con los que necesitan ayuda?
CONCLUSIONES
¿A qué conclusiones podemos llegar? Podemos encontrar muchos significados importantes para nuestras vidas, pero solo me gustaría sugerir los siguientes, como punto de partida:
1. Necesitamos madurar eclesialmente, como era lo que Pablo quería para la iglesia en Éfeso al pasar de su era apostólica a la pos apostólica;
2. Necesitamos madurar teológicamente, sobre todo para crecer espiritualmente en el conocimiento de la palabra, y para afrontar la constante amenaza de las falsas enseñanzas;
3. Necesitamos madurar pastoralmente, como líderes y como creyentes, cuidándonos mutuamente y cuidando de la iglesia;
4. Necesitamos madurar misionalmente, reconociendo que nuestra vocación personal y eclesial nos apunta hacia los demás seres humanos con el mensaje de la gracia de Cristo.
lunes, 6 de mayo de 2013
PABLO: la suficiencia de la gracia
2 Co 12.1-10
Se trata de un texto, para muchos de nosotros, un poco misterioso, sobre todo con eso de la espina clavada en el cuerpo de Pablo y del mensajero de Satanás enviado para atormentarlo. Pero es un texto que nos enseña algunas dimensiones muy importantes de la vida y del ministerio de Pablo y, por encima de todo, nos habla de la suficiencia de la gracia de Dios.
Al estudiar Gálatas 2.9-21 (semana pasada) vimos que Pablo se enfrentaba a la influencia y la enseñanza de los judaizantes. Pues bien, en 2 Corintios, especialmente en los capítulos 10-13, sigue con la defensa de su apostolado y con el intento de ayudar a esta iglesia a librarse también de estos “falsos apóstoles” o “superapóstoles” (11.5).
El tema que podríamos darle a estos últimos 4 capítulos de la carta sería “el futuro amenazado” debido a la gran influencia de los judaizantes, lo que por sí solo ya nos muestra a Pablo como alguien que sufría con la clara, directa y dura oposición de los judaizantes. Lo vemos, por tanto, de forma más humana y más cerca nuestra. En estos capítulos finales es cuando más intensamente defiende su apostolicidad.
Podríamos subdividir estos capítulos de la siguiente forma:
A. Su defensa (10)
1. Contesta la acusación de ser cobarde (10.1-6)
2. Contesta la acusación de ser débil (10.7-11)
3. Explica el área de su misión (10.12-18)
B. Su advertencia contra los falsos apóstoles (11.1-15)
C. Su disposición a sufrir por Cristo (11.16-33)
D. Sus credenciales (12.1-21)
1. El propósito del aguijón en su carne (12.1-10)
2. Las señales de apóstol (12.11-21)
E. La verdad del evangelio como su advertencia final (13.1-10)
Así, con este marco ya podemos nos dedicar a comprender mejor nuestro texto. El énfasis que en él encontramos es que por encima de todo lo que le podía ocurrir a Pablo, de bueno y de malo, la gracia de Dios siempre le sería suficiente. ¿Qué nos dice, por tanto, el apóstol?
1. Recibió revelaciones de Dios, lo que confirma su apostolado (12.1-4):
Nos dice que hacía ya 14 años que había recibido esas revelaciones especiales de Dios, algo que posiblemente le haya pasado una sola vez, puesto que lo menciona como algo muy especifico en su historia de vida cristiana. No se sabe a qué evento de su vida se refiere, muchos creen que a su conversión y a la experiencia de ver a Cristo en el camino de Damasco, puesto que se refiere a su conversión algunas veces con las palabras “visión” o “revelación” (1 Co 15.8; Hc 26.19; Gl 1.12, 16).
Describe sus visiones como una experiencia extática, en el sentido de que no sabía muy bien si estaba en cuerpo físico o aparte del cuerpo (por la forma como lo menciona se trata de algo irrelevante para el apóstol. Pero lo que sabía muy bien, y eso sí le era relevante, es que estuvo en presencia de Dios (3º cielo o paraíso) cuando “escucho cosas indecibles que a los humanos no se nos permite expresar”.
2. El haber recibido revelaciones no era lo más importante (12.5-6):
Reconoce que podría hacer alarde de la experiencia que tuvo, pero prefirió mantenerla en secreto por 14 años y ahora, cuando la menciona de paso, sin darnos muchas informaciones, lo hace de forma a quitarle el exceso de importancia. Y ¿por qué lo hace de esa forma? “Para que nadie suponga que soy más de lo que aparento o de lo que digo” (6).
El haber recibido, una vez, revelaciones de Dios no le daba el derecho de ser más o mejor que los demás apóstoles ni que de ningún otro hermano. Si se jactara de eso no sería insensato de su parte, puesto que no estaría mintiendo, era parte verdadera de su experiencia cristiana y apostólica, pero sabía que eso podría ser malinterpretado por algunos que lo considerarían como superior, más santo, más cercano a Dios que los demás, y de ninguna manera eso era cierto y estaba bien.
3. Dios no le permitió ser presumido y arrogante (12.7-8):
El no considerar su experiencia de haber recibido de Dios revelaciones como algo del que pudiera presumirse arrogantemente, imponiendo sus voluntades y conceptos sobre la gente, no era una actitud natural de Pablo, como tampoco es algo natural en nosotros mismos. Tanto Pablo como nosotros somos igualmente seres humanos y tenemos nuestra naturaleza contaminada por entero por el pecado y sus consecuencias.
El no considerar su experiencia como algo de que presumirse era parte de la acción de Dios en su vida. Y ¿Cómo actuó Dios en ese caso? “Una espina me fue clavada en el cuerpo, es decir, un mensajero de Satanás, para que me atormentara”. Hay muchos intentos de explicar que era esa espina: Calvino creía que eran luchas espirituales y dudas, otros sugieren que fuera malaria, o su poca elocuencia al hablar (11.6), o alguna tentación que lo perseguía (mensajero de Satanás). Algo más probable era que fuera una ceguera parcial que le causaba muchas limitaciones (Gl 4.15; 6.11; 2 Ts 3.17).
Oró por 3 veces para que el Señor la quitara, pero esa no era la voluntad de Dios. Su voluntad era que Pablo fuera dependiente de él en cada momento de su vida y que sus experiencias más especiales con Dios no se le subieran a la cabeza, convirtiéndole en una persona arrogante que creyera ser superior a los demás.
4. La suficiencia de la gracia de Dios en la espiritualidad cristiana (12.9):
“Te basta con mi gracia” fue la respuesta divina a la oración de Pablo por la cura. Pudo aprender, entre otras cosas, que ya tenía todo lo que necesitaba con la gracia de Dios. Eso significa que debía aprender a vivir con la espina clavada en su carne como un mensajero de Satanás que lo atormentaba noche y día.
Este concepto nos recuerda sus palabras a los filipenses (4.11-13): “no digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre. Sé lo que es vivir en la pobreza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.
La gracia de Dios en la vida de Pablo tuvo que ver con el hecho de que fuera alcanzado por la redención de Cristo y, consecuentemente, llamado para servir como apóstol a los gentiles. Desde entonces su vida ha sido dedicada enteramente a Cristo. En nuestro caso, al igual que Pablo, la gracia tiene que ver, fundamentalmente, con el hecho de que Cristo también nos alcanzó con su salvación y nos llamó, a todos y a cada uno, para consagrarnos a su servicio y misión en el mundo. Para eso nos ha dado sus dones y talentos, como también los dio a Pablo, para que le sirvamos por la forma específica con la que nos llama.
La experiencia de vivir bajo la suficiencia de la gracia de Cristo redimensiona nuestros conceptos, sentimientos, ilusiones lo que, por tanto, afecta directamente la forma como nos comportamos y como decidimos, dándonos nuevas perspectivas (las de Dios) a nuestros viejos problemas y situaciones.
5. El poder de Dios que se perfecciona en la espiritualidad cristiana (12.9):
El poder de Dios solo se perfecciona por medio de nuestras debilidades cuando la experiencia de vivir bajo la suficiencia de la gracia es parte integrante de la espiritualidad cristiana. Además, la respuesta de Dios a la oración de Pablo pidiéndole que le librara de la espina en la carne, no deja margen a la duda: el poder de Dios solo se perfecciona en la debilidad. Por tanto, no podemos esperar recibir “el poder” si nos aferramos a nosotros mismos, a nuestras fuerzas, orgullos, capacidades y poderes personales.
El reconocimiento humilde de nuestras debilidades, de forma constante y absolutamente sincera, nos conduce a una vida de arrepentimiento y fe. Nos lleva a una espiritualidad desde la que reconocemos que somos polvo antes de que volvamos al polvo, de que no somos mejores que ningún otro hermano o ser humano, que somos capaces de los mismos pecados y errores. Además, se trata de una espiritualidad que nos hace dependientes de la mano de Dios, que nos lleva a buscarle por todas las cosas (grandes y pequeñas, importantes o sin importancia).
Son conceptos que nos parecen ya muy conocidos por todos los creyentes, pero ¡como nos hace falta revisar esta materia en nuestra jornada cristiana! El apóstol Pedro con mucha sabiduría nos dice: “revestíos todos de humildad en vuestro trato mutuo, porque Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte a su debido tiempo” (1 Pe 5.5-6).
6. La gracia de Dios, la debilidad humana y la alegría cristiana (12.9-10):
Nos puede parecer que Pablo se ha puesto loco por las palabras que dice aquí: alegría en sus muchas debilidades. Pero de eso se trata, de que la gracia de Cristo transforma nuestras perspectivas y sentimientos, cambia radicalmente la forma como encaramos los mismos temas, problemas y situaciones con los que ya convivíamos antes.
Cristo por su gracia nos puede cambiar. Eso no significa que apartará de nosotros nuestras espinas clavadas en la carne viva que nos atormentan, puesto que las necesitamos para que no nos olvidemos jamás de quien es el poder que se perfecciona y a quien debemos siempre rendir toda la gloria. El cambio se pasa en nuestros corazones y mentes. Eso lo vemos claramente en Pablo que a principio oraba para que Dios le quitara la espina y, al final, se regocijaba por todas sus espinas, la de la carne además de los insultos, privaciones, persecuciones y dificultades sufridas por Cristo, “porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”.
Conclusiones iniciales:
a) Dios usa nuestras debilidades, no nuestros pecados, para fortalecernos en su poder. Los pecados deben de ser confesados y abandonados definitivamente, pero encontramos en la enfermedad, problemas familiares, persecuciones y limitaciones impuestas a nuestra fe, entre otros, plataformas desde la que Dios nos enseña a ser humildes, sensibles, pacientes, perseverantes y dedicados.
b) Cualquier poder que no se haya perfeccionado por la acción y por la gracia de Dios en nuestras debilidades está comprometido internamente con la corrupción y con pecados derivados de nuestro orgullo, arrogancia y egoísmo.
c) La espiritualidad cristiana se define por actitudes de humildad ante Dios y en el trato con los demás, dejando a un lado nuestras capacidades humanas y fuerzas personales. Reconocer la grandeza de Dios en nuestra pequeñez es el camino de Cristo en nuestra vida.
lunes, 29 de abril de 2013
PABLO: la defensa de su apostolado
Gálatas 2.9-21
¿Por qué nos cuenta Pablo esta historia? Porque es parte de la defensa de su apostolado frente a los prejuicios de los judaizantes (judíos convertidos al cristianismo que enseñaban que los gentiles deberían convertirse primero al judaísmo, cumplir todos sus preceptos para, entonces, convertirse al cristianismo).
Tenemos que entender la situación por entero: la circuncisión era parte importante del judaísmo significando la alianza de Dios con su pueblo, siendo que los incircuncisos eran proscritos y rechazados como impuros. Cuando surge la iglesia entre los judíos, simplemente mantuvieron los preceptos de la ley judía, sobretodo la circuncisión, y simplemente añadieron la aceptación de Jesús como el Cristo. A principio esa dinámica se consideraba normal y automática hasta que la iglesia llega a los gentiles y se genera en Galácia una crisis, puesto que los gentiles no eran circuncisos como los judíos.
Por su parte, Pablo no insistía en que los gentiles tuviesen que circuncidarse para tornarse cristianos. De hecho, este tema ya había sido discutido y decidido por el Concilio de Jerusalén que concluye afirmando: “considero que debemos dejar de ponerles trabas a los gentiles que se convierten a Dios” (Hc 15.19). Pero había los “partidarios de la circuncisión” o “los judaizantes” que eran ultraconservadores y no admitían la conversión de un gentil sin que antes pasara por la circuncisión. Estos, como Pablo era el principal defensor de que los gentiles convertidos a Cristo estaban absolutamente libres de cumplir con las ordenanzas del judaísmo, se le oponían ferozmente, cuestionando su apostolicidad. Así que el objetivo de esta carta a los gálatas es la defensa de su apostolicidad contra los ataques de los judaizantes.
La carta, por tanto, se basa sobre la relación que mantenía Pablo con tres grupos de personas: los lectores, los apóstoles en Jerusalén, y los judaizantes.
Los lectores eran los gálatas gentiles, que se habían convertido a Cristo por medio del trabajo de Pablo y su equipo, por los que Pablo tenía un afecto muy especial, y estos mantenían una comunión muy especial con el apóstol (4.14). Hubo transformaciones tremendas en las vidas de los gálatas que antes adoraban a dioses falsos y luego fueron alcanzados por Cristo. Eran verdaderos cristianos, aunque no seguían las tradiciones del judaísmo.
Cuanto a los apóstoles en Jerusalén, Pablo gasta sus dos primeros capítulos intentando explicar la relación que había entre ellos y algunos enfrentamientos por parte de Pablo, puesto que a los gálatas, sus hijos en la fe, les intentaban persuadir a que siguieran otros maestros y a rechazar las enseñanzas de Pablo. Aunque la posición de Pablo y los demás apóstoles era la misma cuanto al tema de la circuncisión, estos otros maestros (judaizantes) intentaban enredar y ganar el apoyo de los apóstoles de Jerusalén.
Y ya cuanto a los judaizantes, Pablo los consideraba como “ciertos individuos están sembrando confusión entre vosotros y quieren tergiversar el evangelio de Cristo” (1.7), “si alguien os anda predicando un evangelio distinto del que recibisteis, que caiga bajo maldición” (1.9), “algunos falsos hermanos se habían infiltrado entre nosotros para coartar la libertad que tenemos en Cristo Jesús a fin de esclavizarnos” (2.4), las preguntas de 3.1-5 por si solas ya nos dicen que pensaba Pablo de los judaizantes... lo mismo 5.1-12…
Así que con estas informaciones básicas podemos entrar en nuestro texto y comprender mejor quien era Pablo y cómo entendía y predicaba el evangelio de Cristo.
1. Comunión apostólica, ministerios distintos (2.9-10):
Al tratar de las acusaciones de los judaizantes contra su apostolado, Pablo argumenta que su relación con los apóstoles de Jerusalén va más allá de la amistad y de la fraternidad, se da también en forma de reconocimiento de la gracia recibida para ser apóstol de los gentiles: “el mismo Dios que facultó a Pedro como apóstol de los judíos me facultó también a mí como apóstol de los gentiles” (2.8).
En ese sentido, los “columnas” de la iglesia, Jacobo, Pedro y Juan, con el reconocimiento de todos como “columnas” de la iglesia, le recibieron a Pablo reconociéndole como apóstol de los gentiles. Los apóstoles, por tanto, les estrecharon la mano a Pablo y Bernabé demostrando así el compañerismo y la comunión verdadera que existía entre ellos, además de reconocer con ese gesto el ministerio apostólico entre los gentiles.
Incluso la orientación que les dieron los apóstoles, de que no se olvidaran de los pobres, refiriéndose claramente a los cristianos judíos que vivían sobretodo en Jerusalén y Judea, algo que como dijo Pablo “eso es precisamente lo que he venido haciendo con esmero” (2.10) al levantar entre las iglesias gentiles una significativa ofrenda para acudir a los hermanos de Jerusalén.
2. El ataque judaizante y su influencia sobre Pedro (2.11-13):
El objetivo de Pablo en echarle en cara a Pedro su comportamiento en esa cuestión fue llamar la atención para la inconsistencia de su actitud teniendo en vista el reconocimiento de su apostolado a los gentiles por los “columnas”, siendo Pedro uno de ellos. Al confrontarle públicamente en la iglesia ha dejado Pablo claro su posición apostólica e igualdad apostólica con Pedro.
Se hizo necesaria la actitud de Pablo porque el comportamiento de Pedro en esa cuestión llegó a ser condenable. Posiblemente al llegar a Antioquia Pedro encontró una situación ya establecida de que los gentiles no necesitaban circuncidarse para que su conversión a Cristo fuera válida, y se acomodó a lo establecido. Pero con la llegada de un grupo de judaizantes, que decían haber recibido autoridad de Jacobo, uno de los “columnas” y pastor de la iglesia-madre de Jerusalén, y por temor a lo que podían decir de él, Pedro cambia radicalmente su actitud para con los gentiles de la iglesia, dejándose influenciar por estas personas.
Además, siendo Pedro uno de los apóstoles y persona con gran influencia en la iglesia, los demás judíos cristianos de Antioquia, entre los cuales se encontraba Bernabé, “se dejaron arrastrar por esa conducta hipócrita” de Pedro. Eso le dio a su conducta un grado más de censura, puesto que implicó a otros más. “Hipócrita” es una palabra muy interesante, viene del mundo del teatro griego y significa la capacidad de los actores de esconder su verdadera personalidad y asumir un determinado papel.
3. La teología paulina (2.14-20):
La reacción de Pablo fue mucho más allá del enfrentamiento con Pedro. Su enseñanza ocupó el lugar de destaque con el objetivo de instruir a todos los presentes cuanto al principio básico de la palabra de Dios que lo estaban torciendo. Su teología cuanto a ese tema asume los siguientes elementos:
a) las tradiciones religiosas no tienen superior valor que las Escrituras (14): la pregunta que le hizo a Pedro tiene como objetivo mostrar que el valor de las tradiciones religiosas no superan los principios de las Escrituras Sagradas y que, por tanto, aunque las tradiciones tengan su lugar cuando no contradigan la palabra de Dios, nuestra vida se guía fielmente por los principios de las Escrituras y no por el cumplimiento de las tradiciones.
b) el lugar de la ley en la gracia de Dios (15-16): la ley tiene su valor y su función en la obra redentora de Dios. No es la ley lo que nos salva ni lo que nos justifica ante Dios. Pero por la ley (judíos de nacimiento) comprendemos el carácter pecaminoso de nuestra naturaleza humana y deseamos y buscamos la salvación. No la encontramos por la ley (ni judíos ni gentiles, nadie), pero por ella sabemos que por nosotros mismos somos incapaces de salvarnos, puesto que nos resulta simplemente imposible cumplir las demandas de la ley de Dios
c) todos los seres humanos solo llegan a Dios justificados por Cristo (15-16): Pablo define claramente la forma como la persona alcanza una posición aceptable ante Dios, ya que por el cumplimiento de la ley jamás llegamos a Dios. El único camino para la salvación, por tanto, es la justificación promovida por Cristo a la que accedemos únicamente por la f en Cristo. Todos, judíos y gentiles, somos justificados por la fe en Cristo y no por la obra de cumplir uno la ley de Dios.
d) la evidencia del pecado humano (17-18): aquí ahora Pablo se vuelta al tema de la circuncisión como necesaria para la entrada de los gentiles a la gracia y a la justificación de Cristo. Lo que se evidencia cuando comprendemos nuestro estado de pecado y de distancia de Dios es que somos transgresores y pecadores. Volver a las tradiciones religiosas de la ley de Dios, o “volver a edificar lo que antes había destruido”, usando las palabras de Pablo, es edificar sobre lo que Cristo ya lo considera plenamente cumplido y satisfecho, algo que se desvanece, desaparece y le da lugar a la gracia justificadora de Jesús. Volver a estas cosas, considerándolas parte del proceso de justificación es pecado.
e) la obra de Cristo en nuestra vida (19-20): la enseñanza de Pablo en estos versos viene de forma muy personal, pero no exclusiva del apóstol. Él se presenta como voluntario para que todos nos podamos ver, en nuestra experiencia como cristianos, reflejados en su experiencia. Si Pablo se considera muerto para la ley y vivo para Dios, también nosotros; si Pablo crucificado con Cristo y Cristo vivo en él, también nosotros; si Pablo considera que vive por la fe en Cristo, que ha dado su vida por él, también nosotros. Por tanto, la obra de Cristo en nuestra vida es completa y no depende de que cumplamos algún precepto de la antigua ley (¡ni de las nuevas!)
f) la eficacia de la obra de Cristo (21): como dice el apóstol, ya que la justicia de Dios no se obtiene mediante las obras de la ley, sino que por la gracia de Dios en Cristo, su propiciación por la muerte fue absolutamente eficaz, definitiva e insustituible. Por eso, ni Pablo desecha la gracia de Dios exigiendo que los gentiles se circunciden, ni tampoco nosotros podemos desecha esa gracia intentando cumplir preceptos como si tuvieran valor eterno y salvador.
Conclusiones:
a) La iglesia entonces era tan compleja como la de hoy: problemas como los planteados por los judaizantes o incluso la debilidad de Pedro al dejarse llevar por sus atrayentes doctrinas para un judío como él, son problemas parecidos a los que la iglesia viene enfrentando a lo largo de los siglos. No podemos pensar que ellos eran más santos, mejores, menos pecadores y con más capacidad de oír la voz de Dios por medio de las Escrituras. Somos igualitos y enfrentamos problemas similares
b) El necesario estudio de las Escrituras (teología): la reacción de Pablo y su firme enseñanza nos muestra la importancia de un estudio serio, profundo, comprometido y constante de la Biblia como personas, familias e iglesia. Sin la palabra nos corrompemos, sin una teología segura somos como una paja que el viento levanta y la lleva
c) La teología y la disciplina: esa teología es también necesaria como una forma de disciplina para todos nosotros individualmente y para la iglesia como comunidad. Para Pedro la disciplina vino por boca de Pablo, entre nosotros nos podemos amonestar mutuamente con respecto y amor, pero sobretodo recae sobre los lideres esa responsabilidad.
lunes, 22 de abril de 2013
AQUILA y PRISCILA: Nuestra Casa, Lugar de Misión
“Casa” es una palabra muy importante en la experiencia humana. Nos remite a la familia o a la falta de ello, crea en nosotros sentimientos buenos de cosas y momentos que echamos mucho de menos y, a veces, de sentimientos contradictorios. Pero no queda duda de que “casa” siempre es una palabra que viene cargada de significados.
La casa de Aquila y Priscila no era tan distinta de eso: actividades domesticas, cuidados con las ropas, preparación de comidas, niños corriendo y más tarde jóvenes entrando y saliendo. Pero hubo un diferencial que posiblemente sea significativo para las casas de hoy: recibieron a Pablo que “fue a verlos, y como hacía tiendas de campaña al igual que ellos, se quedó viviendo y trabajando juntos” (18.2-3). De esa forma se estableció una excelente oportunidad para que Pablo se quedara en Corinto y predicase el evangelio. Además de ese diferencial, también hospedaban a la iglesia en su casa: “Saludad a Priscila y Aquila, mis compañeros de trabajo en Cristo Jesús. Por salvarme la vida, ellos arriesgaron la suya. Tanto yo como todas las iglesias de los gentiles les estamos agradecidos. Saludad igualmente a la iglesia que se reúne en su casa” (Rm 16.3-5).
La palabra “casa” (gr: oikos) aparce de forma amplia y significativa en toda la Biblia. Un ejemplo de ello es la expresión “la casa de Dios”. Ocurre en Hb 3.1-6 con un profundo sentido teológico: nuestro pensar debe fijarse en Jesucristo que fue fiel al Padre, de la misma forma como Moisés fue fiel en toda la casa de Dios (3.2), referencia a Israel. Sigue el texto diciendo que, por su vez, Jesucristo es mayor que Moisés, puesto que como constructor de la casa es digno de mayor honor que la propia casa (3.3-4). La fidelidad de Moisés a la casa de Dios (Israel) se debe a que testificó el futuro a Israel (3.5), pero la fidelidad de Cristo se debe al hecho de ser “el Hijo al frente de la casa de Dios, y esta casa somos nosotros” (3.6). Por eso, consideramos la iglesia como la casa de Dios.
Encontramos, también, la expresión la casa de mi Padre. Cuando era adolescente, al responder a la angustia de José y María por su desaparición, afirma Jesús: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que tengo que estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2.49). A los vendedores expulsados del Templo en Jerusalén, afirmó “¿cómo os atrevéis a convertir la casa de mi Padre n un mercado?” (Jn 2.16). Sin embargo, el texto más conocido es Jn 14.2, cuando habla de nuestra fe y nos consuela: “en el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya os habría dicho”.
Notamos, aun, el registro de varias iglesias que se reunían en casas. Algo importante para el establecimiento y crecimiento de la iglesia en sus inicios. Ya hemos mencionado la iglesia que se reunía en casa de Aquila y Priscila (Rm 16.5), pero vemos lo mismo en casa de Lidia: “cuando fue bautizada con su familia, nos hizo la siguiente invitación: si vosotros me consideráis creyentes en el Señor, venid a hospedaros en mi casa (Hc 16.15) y en la casa d Filemón: “y a la iglesia que se reúne en tu casa” (Fm 2).
En nuestro texto, Hechos 18.24-27, tras Pablo dejar Antioquía y viajar por Galacia y Frigia, fortaleciendo la fe de las iglesias (18.23) y antes de su regreso a Éfeso (19.1), encontramos a Aquila y Priscila acogiendo en su casa a Apolo. Se trata de una historia metida dentro del contexto de los viajes misioneros en los que Pablo predicaba el evangelio, establecía nuevas iglesias y fortalecía la fe de los discípulos. Observamos que la ausencia de Pablo, el gran apóstol, predicador y misionero, no paralizó la iglesia en su ministerio y en su misión. Ese contexto es imprescindible para determinarse el “ambiente” que nutrió la experiencia de Aquila y Priscila: acoger a Apolo en casa fue una actitud inminentemente pastoral-misionera.
Tenemos que entender el sentido de la palabra “casa” aquí. No es “oikos” como dije antes, sino “proselabonto” (proslambanô). Una palabra muy rica por indicar la actitud de “tomar a alguien a su lado”, “asumir a una persona”, “recibir con hospitalidad”, “aceptar en el círculo de amistades”, “tratar a alguien con bondad y afecto”. Recibe un uso muy especial en el NT: “encendieron una fogata y nos invitaron a acercarnos, porque estaba lloviendo y hacía frío” (Hc 28.2); “nosotros debemos brindarles hospitalidad” (2 Jn 8); “Pedro lo llevó a parte y comenzó a reprenderlo” (Mt 16.22; Mc 8.32); “te lo envío de vuelta y con él va mi propio corazón… recíbelo como a mi mismo” (Fm 12, 17); “recibid al que es débil en la fe… pues Dios lo ha aceptado” (Rm 14.1,3); “aceptaos mutuamente, así como Cristo os aceptó a vosotros para gloria de Dios” (Rm 15.7).
Ante la riqueza de actitudes contenidas en el uso bíblico de esta palabra, abarcando actitudes personales, familiares, eclesiales y misioneras, notamos que la acción básica de Dios al aceptarnos en Cristo (gracia genuina) es lo que nos mueve hacia la aceptación del otro. En ese sentido, la experiencia de Aquila y Priscila, tal como la vemos en el texto, es pertinente a nuestras vidas como familias-misionera e iglesias-misioneras que somos todos. Veamos algunos elementos que caracterizan esa historia:
1. “Al oírlo Priscila y Aquila…” (18.26): lo que leemos sobre Apolo es admirable (18.24-26a). Posiblemente sería lo suficiente para que ya lo recibiéramos como pastor o misionero, pero mientras predicaba Aquila y Priscila lo oían atentamente. Sin duda percibieron su elocuencia, su fervor, su cultura, su conocimiento bíblico y su valor al predicar. Pero oyeron todavía más, notaron que su conocimiento bíblico y su experiencia con Dios todavía no estaban completos, puesto que solo conocía el bautismo de Juan (18.25).
Quizás nadie más que Aquila y Priscila se dio cuenta de su necesidad de conocer “con mayor precisión el camino de Dios” (18.26). Aquila y Priscila demostraron atención y sensibilidad, se preocuparon con los rumbos de la vida y del ministerio de aquel joven y resolvieron acogerle. Y al hacerlo buscaban una nueva oportunidad de seguir sirviendo a Cristo, como cuando antes acogieron también a Pablo.
2. “Lo tomaron a su cargo…” (18.26): por el uso de “proselabonto” la traducción podría haber sido “lo invitaron a ir a su casa” indicando así su sentido más amplio de acogimiento. No solo le dieron un techo a Apolo, sino que lo hicieron ser aceptado por la iglesia al recibirle e inserirle en la familia y en la iglesia. Ejercieron así un significativo ministerio en el Cuerpo de Cristo (1 P 4.9; 3 Jn 8). La actitud de los dos fue de aceptación y apertura, demostrando afecto en su acogida. Ese es una clase de ministerio que debemos buscar e incentivar en nuestra propia familia e iglesia, porque se trata del ejercicio de un don fundamental para la salud de la iglesia y de su extensa obra misionera.
Es importante, además, notar que Aquila y Priscila no eran apóstoles, ni teólogos profesionales, ni pastores o misioneros. Eran “personas comunes” (como si los pastores no lo fueran…) que vendían las tiendas que fabricaban para sobrevivir. Pero esta familia común tenía el serio compromiso de aceptar y acoger a otros ante Dios y la iglesia. No lo hacían por tener una casa confortable y grande, sino más bien lo hacían como parte de la misión de Dios en sus vidas. Abrir nuestras casas e iglesias es abrir nuestros corazones para acoger con sensibilidad, es abrir nuestra fe para ser vista y examinada a fin de tornarse proclamadora. ¿Lo podemos hacer?
3. “Y le explicaron con mayor precisión el camino de Dios” (18.26): el ambiente familiar de afecto y aceptación (en casa y en la iglesia) es primordial para que podamos enseñar la Biblia. Aprender la Biblia no es una cuestión de acumulo de informaciones, de hechos históricos y datos teológicos. Aunque tenga su lugar estas cosas, aprender la Biblia tiene como objetivo conducir a una persona al camino de Dios, y a una mayor obediencia a Jesucristo. Priscila y Aquila lo hicieron al instruir a Apolo con exactitud, llevándole a comprender dimensiones de la enseñanza bíblica y de la salvación en Cristo que todavía no las entendía bien.
Hicieron un admirable trabajo de discipulado. El discipulado exige acoger al otro, además de exactitud en la enseñanza de la Palabra de Dios, lo que nos lleva como familia (de Dios) al estudio serio y continuado de la Biblia y a vivir permanentemente en sus principios. En ese sentido, el discipulado se comprende como un ministerio clave en la vida de la iglesia y en la dinámica misionera en el mundo.
4. “Como Apolo quería pasar a Acaya, los hermanos lo animaron y les escribieron a los discípulos de allí para que lo recibieran” (18.27): la iglesia sigue el mismo proceder acogedor y amoroso de Aquila y Priscila: dándole animo a Apolo a seguir su misión por Acaya, contactando con las iglesias de allí pidiendo que lo recibieran bondadosamente. Así la iglesia contribuyó y abrió puertas para su ministerio. La propia iglesia encontró en la acogida que recibía en casa de Aquila y Priscila un ambiente de aprendizaje de la palabra y una oportunidad para crecer en la gracia de Dios. Al ser acogida, la iglesia aprendió a acoger y a animar Apolo en su ministerio. Al transformarse en una casa que acepta y acoge, la iglesia entiende mejor la dimensión y la extensión de su misión. Se transforma en una iglesia-casa-misión y se abre hacia a los seres humanos.
5. “Cuando llegó, ayudó mucho a quienes por la gracia habían creído… demostrando por las Escrituras que Jesús es el Mesías” (18.27-28): de la misma forma que la iglesia, Apolo se asumió como un “misionero-casa”, se puso al lado (gr: paragenomenos) de los hermanos de Acaya y los acogió (casa). Solo así los pudo auxiliar y servir. Su ministerio tuvo como base el acoger y el discipular que recibiera de Aquila y Priscila. Ahora podía también acoger a los hermanos y demostrarles por la enseñanza de la palabra que Jesús es el Cristo de Dios, algo que hasta hacía muy poco él mismo no lo tenía muy claro (18.25). Tenemos aquí la formación de un verdadero equipo misionero compuesto por Aquila y Priscila, por Apolo y por la iglesia. Los tres se acogieron, se fortalecieron y se formaron como “casa de Dios” y, juntos, en la persona de Apolo, siguieron hacia los demás.
Eso nos conduce a algunas implicaciones para nuestras familias e iglesias:
1. Misión es una acción que edifica, fortalece y construye permanentemente la vida;
2. Misión es una acción que proclama a todo el mundo (gr: oikoumene);
3. Misión es una acción que acepta y acoge;
lunes, 18 de febrero de 2013
PABLO: Creer y Anunciar Eran Su Misión
Hechos 13.13-52
El trabajo misionero de Pablo tradicionalmente se divide en tres viajes misioneras, aunque sepamos que su vida ministerial haya sido muchísimo más amplia. Estudiando un poco más las actividades y viajes del apóstol, podemos tener una visión del conjunto de su vida misionera si la dividimos en algunos periodos:
Conversión: 31/32
1. Damasco (31/32): Hc 9.19-22
2. Arabia (32-33): Gl 1.15-17 (2Co 11.32-33; Hc 9.23-25)
3. Jerusalén (33): Gl 1.18-19; Hc 9.26-30
4. Cilicia e Siria (33-42): Hc 9.30; 13-14; 15.22, 40-41
5. Antioquía: Hc 11.25-30
6. Chipre: Hc 13.4-12
7. Galacia (45-47): Hc 13.14-14.23
Concilio de Jerusalén: (48): Hc 15
8. Macedonia (49-50): Hc 16.11-17.15
9. Acaia (50-51): Hc 17.16-18.17
10. Asia (51-54): Hc 18.18-19.41
Colecta para la iglesia de Jerusalén (verano/55)
11. Iliria (56-57): Rm 15.19 (costa del Adriático – Albania e Croacia)
12. Cesarea (57-59): Hc 21.27-26.32 (23.23) (Pablo llevado preso a Cesarea)
13. Roma (60-62): Hc 27.1-28.31
14. España (62): Rm 15.23-29 Era ya su deseo evangelizar en España cuando les escribió a los Romanos cuando aún estaba en Corinto (56-57). Conforme documentos del primer siglo, este viaje, de hecho, la realizó en apóstol tras su soltura del primer período de prisión
15. Creta (63): Tt 1.5
La predicación misionera de Pablo nos cuenta mucho de su fe y teología, o sea, de lo que creía como teólogo. Quisiera, por tanto, destacar algunos puntos principales de su fe y teología:
1. Misión como respuesta a la vocación (13.15-16): este viaje de Pablo y su equipo surgió de la vocación de la iglesia (13.1-4a). No se pueden considerar a Pablo, Bernabé y Marcos como los misioneros, sobrenatural y especialmente vocacionados, como si la vocación fuera una experiencia mística o mágica a nivel personal exclusivamente. Este equipe emprendió un primer viaje misionero en respuesta tanto a la vocación personal que habían recibido de Dios, como a la vocación misionera impresa en la naturaleza misma de la iglesia.
Al llegar a Antioquía de Pisidia se dirigieron a la sinagoga, algo muy natural en se tratando de judíos. Ya sabían de la costumbre en las sinagogas de dar la palabra a los judíos visitantes y se aprovecharon de eso para anunciar el evangelio a todos los presentes (judíos y gentiles prosélitos). La acción misionera de Pablo y sus compañeros aquí resume en términos prácticos la naturaleza vocacional de la iglesia y de ellos mismos como individuos.
2. Un evangelio sin fronteras humanas (13.16,26,43,47): cuando buscaron la sinagoga el sábado, lo hicieron por ser judíos, les era algo natural y esperado; pero lo hicieron, porque sabían que era el único lugar de la ciudad donde encontrarían reunidos juntos a judíos y a gentiles, ambos interesados en oír sobre Dios y sobre la palabra. No había ambiente mejor para iniciar el trabajo misionero, entonces, que una sinagoga.
Eso tiene que ver con su creencia teológica: el evangelio no ha sido dado exclusivamente a judíos; Dios jamás pensó y planeó su obra en la tierra considerando nada más que un solo pueblo (judíos). El carácter de la obra redentora de Dios es universal en el sentido de que personas de todas las razas, épocas, culturas, extracto socioeconómico y político, etc no están excluidos de la posibilidad de redención. El evangelio es para todos y eso la iglesia y los cristianos lo tenemos que tener muy claro.
3. La elección de Dios: el fundamento para la salvación (13.17,48): uno de los primeros conceptos de fe mencionados por Pablo ha sido el de la elección o predestinación. Se refiere a la elección hecha por Dios de un pueblo para servirle. Menciona a Israel en este verso puesto que trata de un momento específico de la historia de la salvación de Dios. Hoy, como lo sabemos, el pueblo elegido por Dios es la iglesia compuesta por personas de todas las etnias y épocas.
Al mencionar la elección luego a principios de su habla, Pablo le da importancia como el fundamento para la salvación humana. Eso quiere decir que si Dios no nos eligiera (o predestinara) a la salvación, inevitablemente estaríamos condenados por toda la eternidad, puesto que no hay en ninguno de nosotros ningún bien espiritual capaz de cubrir la deuda generada por el pecado ante Dios. El pecado está tan arraigado en nuestro ser que si Dios no decidiera por salvarnos, jamás lo podríamos hacerlo por nosotros mismos. El decidió por todo el proceso eterno e histórico de la redención, incluso predestinándonos a la vida eterna y llamándonos irresistiblemente a esa vida en algún momento especial de nuestra historia personal. Dependemos de Dios para la salvación y él no nos decepciona, a punto de enviar a su propio Hijo a morir en nuestro lugar. Nos eligió y ya no vuelve atrás con la salvación.
Eso le da un sentido muy especial y claro a las palabras del verso 48: “creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna”.
4. La historia es el escenario de la redención de Dios (13.17-41): Pablo menciona conscientemente a lugares, a personas y a situaciones concretas en su mensaje, tales como: Egipto, el desierto, los jueces, los profetas (Samuel), la promesa, Abraham, Cristo (su encarnación, muerte, resurrección) y David. De ahí podemos notar que la salvación, que por un lado es una obra eterna y espiritual, por otro lado se concreta dentro del proceso histórico humano.
Eso es muy bonito y, principalmente, es muy importante. Significa eso que Dios no ha gritado el evangelio desde el cielo para que lo oyéramos aquí abajo; más bien, se reveló y actuó dentro de la historia humana, envió a su hijo a vivir como un ser humano en un determinado local y época de la historia, a sufrir una muerte cruel y verdadera, y a resucitar física e históricamente. La salvación, por tanto, es un verdadero y grande milagro que ocurre dentro de los caminos de la historia humana; en ese sentido, vivimos el milagro de la salvación a diario y siguiendo el curso natural de la vida y de la historia.
5. Cristo: el evento de la salvación (13.24-37): el contenido central de la predicación de Pablo manifiesta también el centro de su fe y de su teología. El mensaje central que anunciaba a judíos y gentiles tenía como eje la encarnación, la muerte y la resurrección de Jesucristo, como los eventos fundamentales que marcaron su misión redentora en este mundo y la hicieron absolutamente eficaz para los que hemos sido alcanzados por la gracia y, en consecuencia, creemos en él.
La realidad es que, sin Cristo (su persona como Dios-hombre y su obra), la redención no existiría en ninguna dimensión posible o imposible. Cristo es el autor de la redención y su obra (encarnación-muerte-resurrección) la tornaron posible y totalmente eficaz. En ese sentido, Cristo asume la posición de “evento de la salvación”, él es el evangelio, él es la redención. Consecuentemente, para nosotros que estamos por naturaleza eterna e irremediablemente condenados, la única posibilidad de salvación solo nos puede venir por y en Jesucristo.
6. La misión cristiana está compuesta por testigos que anuncian (13.31-32): al ser alcanzados por la gracia redentora de Jesucristo, nos tornamos, todos y cada uno de nosotros, en testigos que anuncian el evangelio de la salvación a las demás personas. En el texto, vemos como Pablo se refiere a sí mismo y a los demás apóstoles, junto con los primeros discípulos de la iglesia primitiva, como testigos ante el pueblo que anuncian las buenas nuevas respecto a Cristo y su obra salvadora.
Los apóstoles fueron los primeros, históricamente y teológicamente hablando. Nos dejaron su legado de fe, de teología y de misión evangelizadora. Seguimos, por tanto, sus pasos de fe, heredamos sus escritos (y también los escritos de los profetas antes de ellos) y mantenemos viva, a lo largo de los siglos y por toda la geografía humana, la llama evangelizadora que vemos en sus vidas. ¡De los apóstoles a todos nosotros!
7. La resistencia natural al anuncio del evangelio (13.44-51): Siguiendo la lectura del texto nos deparamos con una natural resistencia al evangelio por parte de los judíos. Se negaban a recibir la palabra de Dios porque la interpretación que le dada Pablo iba en contra de sus tradiciones religiosas. Inicialmente intentaban contradecir el mensaje con argumentos eficazmente contestados por Pablo y Bernabé. Luego, procuraron incitar a mujeres muy distinguidas y favorables al judaísmo, y a los más prominentes de los hombres de la ciudad en contra de los apóstoles y de las personas que vinieron a creer en Cristo.
La respuesta de Pablo y sus compañeros a esa situación de resistencia y persecución fue la mejor posible: argumentaba con ellos hasta límite posible, luego, cuando la argumentación ya no servía para nada, partieron hacia otro lugar, dejando establecida una iglesia en esa ciudad para que el mensaje del evangelio siguiera día a día, paso a paso, su camino entre las gentes de ahí.
8. La respuesta al evangelio (13.43-44,48,52): Es muy gratificante observar que, aún con resistencia y persecución, el evangelio fue recibido por los que tenían que creer en aquel momento especifico. Muy bonitas son las palabras que nos presentan y definen la respuesta dada por muchos al evangelio: muchos se reunieron para oír el evangelio, algunos fueron alcanzados por Cristo y se tornaron discípulos fieles, “llenos de alegría (gracia) y del Espíritu Santo” (13.52), una excelente forma de concluir esta etapa del viaje misionero. La plenitud de la gracia y del Espíritu Santo es la confirmación y el sello definitivos de la salvación en Cristo. Hubo conversiones, posiblemente no de todos los que acudieron a oír a Pablo y Bernabé, pero sí de todos los estaban destinados a creer. Lo importante es que el mensaje ha sido anunciado y que los discípulos locales siguieron respondiendo al evangelio y anunciando la palabra de Dios.
Pero ¿qué implicaciones podemos encontrar para nuestras vidas hoy? Algunas sugerencias:
a) todos nosotros somos vocacionados por Dios para su servicio, como un reflejo permanente de la vocación misionera de la iglesia, y ejercemos nuestra vocación y dones personales a diario;
b) no podemos elegir a quien anunciamos el evangelio, puesto que no tiene fronteras humanas. Anunciamos a todos los seres humanos, indistintamente, a medida en que Dios nos da las oportunidades concretas;
c) no podemos anunciar un “evangelio” formado por nuestros conceptos y preferencias personales. La elección y el Cristo histórico fundamentan nuestra creencia y solidifica nuestra fe, siendo la base para lo que tenemos que creer y anunciar;
d) A lo largo del ejercicio de la misión cristiana nos encontramos con dificultades, rechazos, resistencias de toda clase, incluso con persecuciones. ¿Qué clase de resistencias o persecuciones sufrimos hoy?
e) La plenitud de la gracia (alegría) y del Espíritu Santo es la marca de los verdaderos cristianos y deben manifestarse constantemente en nuestras vidas, produciendo arrepentimiento y fe, crecimiento en la palabra de Cristo y el fiel ejercicio de la vocación misionera de la iglesia.
lunes, 11 de febrero de 2013
PABLO: ¿Quién fue Pablo?
Hablar sobre la vida, la fe y la obra del apóstol Pablo es una tarea muy complicada. Muchísimos libros fueron escritos con ese propósito a lo largo de tantos siglos. Así que sería muy presuntuoso de nuestra parte proponer un estudio amplio y satisfactorio acerca de este personaje bíblico tan peculiar.
Pero, al menos podemos leer un poco de sus propios escritos, con la ayuda de comentaristas e historiadores, e intentar conocerle y comprenderle un poco mejor. A eso nos proponemos, y para tanto empezaremos por la pregunta ¿quién fue Pablo?, buscando parte de la respuesta en lo que él mismo, y otros que convivieron con él, nos cuentan sobre su persona.
I. ¿Quién era Pablo antes de conocer a Cristo? Sigamos sus propias palabras en Fp 3.5-6; Gl 1.14. Tenemos aquí una lista muy interesante que nos lleva a algunas conclusiones sobre Pablo:
1. Su familia:
a) su familia tenía plenas condiciones de identificar su linaje como siendo de la tribu de Benjamín, lo que nos indica que llevaban de forma muy seria la tradición judía;
b) “hebreo de pura cepa” o “hebreo de hebreos”: sugiere que sus padres lo educaron hablando el arameo y el hebreo, guardando los preceptos del judaísmo. Indica, también, que su familia mantenía de forma muy estricta el estilo de vida judío, regulado por las estipulaciones de su ley;
c) su familia mantenía vínculos muy estrechos con la comunidad judía en Palestina, lo que nos muestra que era una familia con cierto grado de influencia en esa comunidad;
2. Ciudadano romano: no obtuvo ese privilegio por etnicidad. Muchos se tornaban ciudadanos romanos por tener un alto prestigio en sus comunidades; otros por servicios militares prestados a Roma; otros aún por buenos servicios como esclavos. No se sabe cuál fue la condición en que se encontraba la familia de Pablo, pero se supone que haya sido por su prestigio e influencia dentro de la comunidad judía.
3. Educación: su familia lo envió aún muy joven a estudiar en la prestigiosa escuela rabínica de Gamaliel en Jerusalén, lo que indica que era una familia con buenas posesiones e influencia política.
4. Idiomas: por el excelente uso que hace del idioma griego en sus escritos, podemos suponer que ese era el idioma que desde muy temprano hablaba cuando aún vivía en Tarso; además, hablaba también el arameo y el hebreo; por haberse criado en Cilicia, ciertamente hablaba el idioma nativo del local; además del latín por ser algo inherente a los privilegios de poseer la ciudadanía romana. Sin duda, eso explica muy bien lo que quiso decir Pablo a los corintios: “doy gracias a Dios porque hablo en lenguas más que todos vosotros” (1Co 14.18).
II. Su conversión al Cristianismo: La famosa historia del viaje a Damasco: en el libro de los Hechos hay algunas referencias al viaje que hizo Pablo a Damasco (Siria) con cartas de los sacerdotes judíos que le autorizaba a llevar presos a Jerusalén a los judíos convertidos al cristianismo (Hc 9.1-21). En su viaje Pablo fue encontrado por Cristo cuando llegaba ya a Damasco. Existen 3 versiones de esta historia en Hechos (9.1-21; 22.6-21; 26.12-18. La del capítulo 26 amplía considerablemente el relato que encontramos en el capítulo 9. Comparemos los textos de Hechos 9.1-21 y Hechos 26.12-18
Respirando aún amenazas de muerte contra los discípulos del Señor (9.1)
Estaba convencido de que debía hacer todo lo posible para combatir el nombre de Jesús de Nazaret (26.9)
Metí en la cárcel a muchos de los santos (26.10)
Cuando los mataban, manifestaba yo mi aprobación (26.10)
Anduve de sinagoga en sinagoga castigándolos (26.11)
Obligarlos a blasfemar (26.11)
Mi obsesión contra ellos (26.11)
Se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco. Tenía la intención de encontrar y llevar presos a Jerusalén a todos los que pertenecieran al Camino, fueran hombres o mujeres (9.1-2)
Me llevaba al extremo de perseguirlos incluso en ciudades del extranjero. En uno de esos viajes iba yo hacia Damasco con la autoridad y la comisión de los jefes de los sacerdotes (26.11-12)
Al acercarse a Damasco una luz del cielo resplandeció de repente a su alrededor (9.3)
A eso del mediodía, oh rey, mientras iba por el camino, vi una luz del cielo, más refulgente que el sol, que con su resplandor nos envolvió a mí y a mis acompañantes (26.13)
Él cayó al suelo (9.4)
Todos caímos al suelo (26.14)
Y oyó una voz que le decía (9.4)
Y yo oí una voz que me decía en arameo (26.14)
Saulo, Saulo ¿por qué me persigues? (9.4)
Saulo, Saulo ¿por qué me persigues? ¿Qué sacas con darte cabezazos contra la pared? (26.14)
¿Quién eres, Señor? preguntó Entonces pregunté: ¿Quién eres, Señor? (26.15)
Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad que allí se te dirá lo que tienes que hacer (9.5-6) Yo soy a Jesús, a quien tú persigues – me contestó el Señor – Ahora, ponte en pie y escúchame. Me he aparecido a ti con el fin de designarte siervo y testigo de lo que has visto de mí y de lo que te voy a revelar. Te libraré de tu propio pueblo y de los gentiles. Te envío a éstos para que les abras los ojos y se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, a fin de que, por la fe en mí, reciban el perdón de los pecados y la herencia entre los santificados (26.15-18)
Por esta simple comparación entre los dos textos ya notamos como dio importancia significativa a su encuentro con Cristo. Lo cuenta con detalles más precisos y completos que en la primera versión contada por Lucas. Eso indica que el apóstol a lo largo de su vida reflejó teológica y misionologicamente acerca del sentido de su conversión y de los nuevos significados que esa experiencia le trajo. Sin duda, estaba metido en un permanente trabajo hermenéutico (interpretativo) acerca de su experiencia con Dios.
Como destaque mencionamos el habla de Cristo en su respuesta a la pregunta de Pablo (26.15-18). La diferencia entre los dos textos es importante aquí, lo que nos muestra como Pablo valoraba la palabra dicha por Cristo y recibida por él en el momento de su conversión, y encontraba en ella unos referentes fuertes para su vida y misión desde entonces.
Ciertamente, uno de los puntos fuertes de la palabra de Cristo fue la definición acerca de sí mismo y su directa identificación con el “Señor”. Dijo: “soy Jesús”. Se presenta a Pablo como siendo el propio Dios y Señor, por eso ya no debería perseguirle más al cazar y matar sus seguidores; más bien, siendo ahora también un discípulos debería dedicarse por completo como “siervo y testigo”. Su nueva misión, fuertemente caracterizada por el servicio y el testimonio, pasaría a estar vinculada a la identidad personal y divina de Jesucristo.
Además, vemos que a lo largo de su ejercicio vocacional de vida cristiana e interpretativa de las Escrituras, Pablo encontraba significados nuevos y más amplios de la palabra de Cristo, lo que le hacía crecer en su teología, misión y espiritualidad.
Pero estos textos en hechos no son las únicas referencias a su conversión. Él mismo menciona la importancia que su encuentro con Cristo tuvo para su sentido personal de misión: Gl 1.11-24; Cl 1.24-29; Ef 3.1-3; 1Tm 1.12-16; Fp 3.3-17; 1Co 9.1; 15.8.
Como ejemplo tomamos a 1Co 9.1 cuando dice que “ha visto a Jesús nuestro Señor”, y a 1Co 15.8 en el que dice: “como a un nacido fuera de tiempo, apareció también a mí”. Aquí vemos como describe su conversión a Cristo como habiéndolo visto de forma real y objetiva, reconociéndolo claramente como el Señor. “Ver a Cristo” es una referencia que hace a su conversión en el camino a Damasco.
Pero, aún viendo a Cristo y convirtiéndose a él, Pablo se considera “tardío” por haberle visto tras su muerte y su resurrección, y no como los Doce. Esta palabra, “nacido fuera de tiempo” (ektrômati) también puede significar un aborto espontaneo o inducido. Posiblemente, usa esta palabra no para indicar la forma como se dio su encuentro con Cristo o la ocasión en que ocurrió; más bien, se relaciona con la situación de vida que llevaba antes de conocer personalmente a Cristo. O sea, es un término que describe a un ser humano que vivía desolado y deprimente antes de encontrarse con Cristo. Se describe como un aborto para poner énfasis en que la vida no tenía ningún sentido más elevado sin el encuentro con el Cristo resucitado.
Para nosotros hoy, creo que quedan algunas preguntas de reflexión: ¿Qué sentido tiene Cristo en nuestras vidas? ¿Nos hemos encontrado verdaderamente con él? ¿Podemos decir que Cristo nos encontró y nos rescató? ¿Qué significados tiene para nosotros y nuestras familias el hecho de que Cristo ha tomado la iniciativa de venir a nuestro encuentro ofreciéndonos su gracia, perdón y amor?
lunes, 4 de febrero de 2013
ABRAHAM: En El Mundo, Pero No Del Mundo
Gn 14.1-24
No hay dos historias que se siguen de forma paralela, no hay una historia de Dios (superior y sagrada) y otra, a parte, humana (inferior y profana). Para muchos cristianos es como si se pasaran dos historias independientes la una de la otra: la historia de Dios y la historia humana. Pero solo hay una historia y, en ella, vemos a Dios y a los hombres, vemos la actuación redentora de Dios y las distintas respuestas que le dan los hombres y mujeres a lo largo de los siglos.
En este texto encontramos una de las ocasiones en que esas dos líneas (Dios redimiendo y las respuestas que le da los hombres) se coordinan juntas: por un lado vemos la actuación de Dios y por otro las reacciones humanas a él. En ese sentido, Abraham ocupa una posición muy interesante y especial: es parte integrante de la historia humana y, al contrario de la mayoría de los hombres, sigue los caminos trazados por Dios en esa historia. Está en el mundo, pero no sigue las pautas del mundo; más bien, camina en los senderos de Dios dentro del mundo y de la historia humana.
En este capítulo tenemos la oportunidad de ver que Abraham estaba en el mundo, pero no compartía de la misma savia del mundo; era parte de una determinada sociedad humana y participaba activamente en ella, pero no se comprometía con sus principios pecaminosos. ¿Qué tiene eso a ver con nosotros hoy? Hay que empezar comprendiendo un poco mejor el texto.
1. La misma historia humana de siempre (14.1-12): hay nombres de reyes y de sus ciudades-reinos; un pequeño número de estados desafiando al soberano de toda la región, lo que generó una guerra entre ellos y la muerte de muchas personas.
El proceso histórico y las intrigas políticas eran las de siempre, los deseos de conquista económica siguen siendo los de hoy, con la diferencia que hoy se conquistan mercados para nuestras marcas. Pero el deseo de riquezas y de más influencia y poder siguen marcando la pauta de los seres humanos y sus relaciones personales, familiares, económicas, políticas e, incluso, religiosas.
Quedorlaómer y sus socios partieron de la región de Babilonia (Sinar) en una aventura de conquistas invadiendo otras tierras, haciendo nuevos enemigos y aumentando su poderío militar y económico (14.5-7) antes de la batalla en la orilla sur del Mar Muerto (el valle de Sidín está hoy bajo el Mar Muerto) contra el rey de Sodoma y sus aliados en Palestina.
La conclusión de esa historia es que “y como Lot, el sobrino de Abraham, habitaba en Sodoma, también se lo llevaron a él, con todas sus posesiones” (14.12). Como sabemos por el capítulo anterior, Lot se separó de Abraham, buscando un mejor lugar donde pudiera cuidar a sus rebaños. Elige vivir en Sodoma, lo que demuestra que su elección solo se basaba en que “era una tierra de regadío, como el jardín del Señor” (13.10). Pero resultó ser una tierra de gente mala, que hacia deliberadamente lo que era malo a los ojos de Dios. Además, la riqueza de la tierra y la prosperidad económica de su gente servía de tentación a los conquistadores foráneos.
Lo que tenemos aquí es que el mundo humano sigue el mismo compás de siempre, es la misma historia de siempre.
2. Abraham estaba en el mundo… (14.13-16): empezamos a leer el verso 13 y de pronto vemos que por primera vez en esta historia se menciona a Abraham. El autor nos lo presenta como “Abraham el hebreo”, posiblemente era como lo conocían los vecinos en sus días. “El hebreo” nos ayuda a entender que Abraham no vino del cielo, o sea, que tenía un origen humano y común, que era parte de un determinado pueblo de la misma forma que Mamré era amorreo (v.13).
Además, vemos que Abraham seguía las pautas normales de su época. Necesitaba establecer vínculos con sus vecinos para que, juntos, se protegieran de los invasores y, por eso, mantenía alianzas militares con Mamré, Escol y Aner (v.13).
Si seguimos el texto, luego vemos que convocó a 318 hombres adestrados para la guerra que habían nacido en su casa. Ya de pronto nos asustamos con el tamaño de su casa y podemos imaginarnos todo el aparato que tenía montado para mantener a esa casa. Con sus hombres y sus aliados se marcharon para la guerra contra los invasores que hicieron cautivo a su sobrino. Los persiguieron por muchos kilómetros hasta que los derrotaron y pudo rescatar a su sobrino, todos los demás cautivos y sus posesiones.
Como vemos Abraham era un hombre de su tiempo, no era un extraterrestre, o alguien que por tener fe en Dios estaba absolutamente aislado de la cultura humana y sin ningún contacto con la sociedad de sus días. Todo por lo contrario, Abraham estaba en su mundo, era parte de su sociedad, mantenía vínculos comerciales, mantenía alianzas militares para la protección de su casa, acudía a sus vecinos para ayudarles en sus necesidades y era un buen vecino para todos los pueblos de Canaán. Era de bendición para estas familias. Estaba en el mundo…
3. Pero Abraham no era del mundo (14.17-24): Ahora, en estos versos, podemos ver que Abraham no mantenía los mismos principios de vida que los demás hombres de su época. En ese sentido, aunque estuviera en el mundo, no era del mundo.
Luego que regresó de la victoriosa batalla contra Quedorlaómer y sus aliados, Abraham recibe la calurosa visita de dos reyes de su zona y observamos que hay un fuerte contraste entre ellos. A uno Abraham le da su “no”, al otro su “si”. El primer que se presentó fue el rey de Sodoma (Bera, que significa “malo”) y eso lo podemos entender muy bien, puesto que Abraham había rescatado a su pueblo y sus posesiones. Le debía un gran favor a Abraham y tenía una obligación con él. Por eso le ofreció a Abraham quedarse con todos las posesiones rescatadas devolviéndole solamente las personas de su pueblo (14.21). Se podía considerar que era un ofrecimiento bastante justo e, incluso, esperado. Pero Abraham no quería estar en débito con hombre alguno, sobre todo con el rey de una ciudad con la fama que tenía Sodoma.
El rechazo de Abraham al ofrecimiento del rey de Sodoma ha sido muy claro y contundente: “he jurado por el Señor, el Dios Altísimo, creador del cielo y de la tierra, que no tomaré nada de lo que es tuyo, ni siquiera un hilo ni la correa de una sandalia. Así nunca podrás decir: Yo hice rico a Abraham. No quiero nada para mí, salvo lo que mis hombres ya han comido” (14.22-24).
Los principios de fe de Abraham le impedían mantener una clase de deuda como esa con una persona como el rey de Sodoma. Sería como concordar y participar de la corrupción que produjo esa riqueza, sería como ser cómplice de las obras de las tinieblas, andar conforme a los poderes de este mundo, conduciéndose según el que gobierna las tinieblas, según el espíritu que ejerce su poder en los que viven en la desobediencia, impulsado por sus deseos pecaminosos… (Ef 2.1-3). Él no podía entregarse a esa clase de compromiso y comprometer su vocación porque sus raíces estaban ya firmadas en la fe, porque su vida estaba ya confirmada por una promesa y por la misión de ser bendición para todo el mundo.
Y por esa misma razón, Abraham se encuentra con Melquisedec (“rey de justicia” y “rey de paz” – Hb 7.2) que era el rey de Salén, futura Jerusalén, y sacerdote del Dios Altísimo. Este encuentro con Melquisedec tiene al menos tres niveles de significados.
En un primer nivel, como historia pura y simple, un rey cananeo ofrece un gesto fraterno al héroe que vuelve a casa, ofreciéndole y a sus hombres una simple merienda de pan y vino y le bendice. Abraham y sus hombres aceptan los alimentos y la bendición. Evidentemente, Melquisedec asume una función sacerdotal muy importante aquí, sobre todo por ser el rey y sacerdote de Jerusalén.
A ese sacerdote, Abraham le dio la décima parte (diezmo) de todo el botín. Ese hecho de Abraham era un reconocimiento de que la victoria contra sus enemigos le ha sido dada por Dios, no era el resultado final de su fuerza y superioridad militar. Abraham dio el diezmo de todo porque quería agradecer a Dios por la victoria y por su justicia. Aprendemos aquí con Abraham que el diezmo representa nuestra gratitud a Cristo por su justicia aplicada en nuestras vidas. Al diezmar manifestamos nuestra confianza en que el Señor, y solo él, nos cuida y nos da lo suficiente por su providencia.
En un según nivel, esta historia asume un significado sacramental, puesto que el pan y el vino ofrecidos por Melquisedec inevitablemente nos conduce al sacramento de la Santa Cena instituido por Jesucristo representando su presencia real y verdadera entre los creyentes que siguen los pasos de fe de Abraham.
Además, la deidad a que servía Melquisedec era el “Dios Altísimo”, El Elyon. El Elyon era adorado por los cananeos en general como siendo la suprema deidad, el padre y creador. Este nombre “Dios Altísimo”, por tanto, era muy bien conocido de todos los cananeos, que tenían además sus varios otros dioses, como Baal por ejemplo. Pero las palabras de Abraham en el v.22 ya suenan un poco distintas: asocia al Dios Altísimo de Melquisedec con el Señor (Iahweh). No hay otro Dios Altísimo que el Señor que le habla personalmente y que le ha dado la promesa de vida a todas las familias de la tierra.
En un tercer nivel de significados, el encuentro con Melquisedec asume también un sentido simbólico y tipológico. En primer lugar su nombre, rey de justicia, marca una profunda diferencia con el nombre de Bera (el malo); Jerusalén que representa un lugar de paz, la ciudad de Dios, marca una sensible diferencia con Sodoma, un lugar de pecado y destrucción. Si por un lado Abraham representa al pueblo elegido (Israel-Iglesia) para seguir a Cristo en fe, Melquisedec por otro lado representa al futuro rey que se sentará en el trono de Jerusalén para reinar con justicia (David y Cristo por su resurrección – Sl 110.4; Hb 7.11-28).
Así que podemos concluir con las palabras de Jesucristo en Jn 17.13-18 que están profundamente relacionadas con la experiencia de Abraham, de estar en el mundo, pero no de pertenecer al mundo: “ahora vuelvo a ti, pero digo estas cosas mientras todavía estoy en el mundo, para que tengan mi alegría en plenitud. Yo les he entregado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que os quites del mundo, sino que los protejas del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco lo soy yo. Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad. Como tú me enviaste al mundo, yo los envío también al mundo”.
lunes, 28 de enero de 2013
ABRAHAM: Un Hombre de Oración
Gn 18.16-33
La oración es una práctica normal y esperada de todos los cristianos. Se trata de uno de los matices más importantes de nuestra espiritualidad como creyentes. Pero ¿sabemos orar según la voluntad de Dios?
Abraham se nos presenta aquí como un hombre de oración y de intercesión. Este pasaje de su vida nos enseña mucho sobre qué debemos creer acerca de la oración y, por supuesto, sobre cómo orar según la voluntad de Dios. Hay algunos elementos en esta historia que nos llaman la atención sobre la oración.
1. Oramos porque Dios toma la iniciativa: no somos nosotros los que tomamos la iniciativa de orar y de buscar a Dios, como si fuera algo natural en nosotros mismos. Más bien, lo que torna la oración una actitud de espiritualidad es que se genera en Dios y no en nosotros.
En el texto vemos como Dios le incitó a Abraham a orar e interceder a favor de Sodoma: “Abraham los acompañó para despedirlos. Pero el Señor estaba pensando: ´¿Le ocultaré a Abraham lo que voy a hacer?´ Es un hecho que Abraham se convertirá en una nación grande y poderosa, y que en él serán bendecidas todas las naciones de la tierra” (18.16-18). Con estas palabras el texto nos enseña como Dios le hace saber algo a Abraham para que, entonces, este se sienta vocacionalmente responsable ante Dios para orar e interceder. La promesa (Gn 12.3) se repite aquí como una forma de mover a Abraham a la oración, es responsable por interceder y ser de bendición para las naciones.
Además, vemos en 18.19 que Dios declara que ha elegido a Abraham deliberadamente para que instruyera a sus descendientes a mantenerse en el camino del Señor, pues esa era la forma en que el Señor cumpliría su promesa. En ese sentido, la elección de Abraham le exigía que intercediera en aquel momento por la vida de los habitantes de Sodoma. Tenía que orar porque esa era la voluntad y la iniciativa de Dios en su vida.
Leyendo también el 18.33 que no ha sido Abraham el que terminó de orar, sino más bien, que “el Señor terminó de hablar con Abraham”. Incluso la iniciativa de terminar la oración fue de Dios. Juntando estas informaciones podemos concluir que la espiritualidad de la oración, y su eficacia, no reside en que tengamos una fe especial o algún don sobrenatural, sino que reside en que orar es la decisión y la iniciativa de Dios para su pueblo elegido. Oramos porque Dios toma la iniciativa y nos lleva a orar.
2. Oramos porque hay un clamor ante Dios: “el Señor le dijo: el clamor contra Sodoma y Gomorra resulta ya insoportable, y su pecado es gravísimo…” (18.20-21). Dios le hizo saber a Abraham la necesidad de arrepentimiento que había entre las personas de Sodoma y Gomorra. Dios le presentó la situación tal como era ante sus ojos, no como le pareciera ser a Abraham o a cualquiera de nosotros… Para Dios el pecado de aquellas personas era ya insoportable y gravísimo, y estaba decidido a juzgar con severidad a esta gente.
La oración existe y cobra sentido porque hay un desequilibro entre las acciones de los hombres (sea individualmente, sea sistémicamente) y la justicia de Dios. La injusticia humana, sea la que fuere, siempre hiere la voluntad de Dios, lo que resulta en un clamor insoportable y gravísimo ante Dios. En ese sentido, el choque entre las acciones humanas y la voluntad de Dios resulta en una espiritualidad fuertemente marcada por la oración y por la intercesión.
3. Oramos porque es lo que Dios espera de nosotros: “pero Abraham se quedó en pie frente al Señor. Entonces se acercó al Señor y le dijo” (18.22-23). Posiblemente el texto diga “el Señor se quedó en pie frente a Abraham”. Según algunos comentaristas el cambio de posición de los personajes se haya hecho por algún escriba temiendo una posible irreverencia. Por lo menos, estas palabras fueron catalogadas por los masoretas como una corrección en ese sentido.
Pero lo importante es notar que había por parte de Dios una expectativa (si es que podemos usar esta palabra) en cuanto a la actitud de oración de Abraham. Estaban de frente uno al otro, se miraban y Abraham entonces le dijo… Así que uno de los elementos de la oración es que oramos porque esa es la voluntad de Dios para sus siervos, es lo que Dios espera de todos nosotros.
4. Oramos porque razonamos con Dios sobre la justicia: “¿De veras vas a exterminar al justo junto con el malvado?” (18.23-32). ¿Los buenos pagan por los malos? Eso es lo que normalmente pasa cuando nos guiamos por las leyes y tradiciones humanas, pero ¿es así con la justicia de Dios?
En base a esa pregunta y razonamiento, la oración asume un carácter único, vinculado a la promesa de ser bendición para todas las naciones del mundo (una misión que ahora nos toca vivir y cumplir – Mt 28.18-20). En su intercesión por los habitantes de Sodoma y Gomorra, Abraham fue descendiendo de 50 hasta llegar a los 10 posibles justos que justificarían que las ciudades no fueran destruidas por su pecado.
Abraham hizo su razonamiento en base a lo que conocía de la persona de Dios y su justicia. Hizo su razonamiento en base a la palabra de Dios en la que le dio la promesa de ser el intercesor y mediador de la bendición a todas las naciones. Abraham conocía a su Dios, por eso podía razonar con él en base a su palabra y justicia reveladas: “¡Lejos de ti hacer tal cosa! ¿Matar al justo con el malvado, y que ambos sean tratados de la misma manera? ¡Jamás hagas tal cosa! Tú, que eres el Juez de toda la tierra, ¿no harás justicia?” (18.25).
Siempre que oramos e intercedemos lo debemos hacer en base a quien es Dios, no a lo que queremos nosotros, o que creemos ser lo mejor para nosotros. La oración es un reflejo de quien Dios es y de qué Dios hace como el Juez de toda la tierra. Eso le da la debida forma y sentido a la espiritualidad de la oración en la vida cristiana. Así que es preciso que nuestra vida de oración asuma un perfil de ministerio, o sea, no podemos simplemente orar; más bien, debemos ejercer un ministerio serio de oración y de intercesión fundamentado en quien es Dios y en su obra de justificación en Cristo.
Pero el razonamiento en la oración también lleva en cuenta lo que somos ante Dios: “reconozco que he sido muy atrevido al dirigirme a mi Señor, yo, que apenas soy polvo y ceniza” (18.27). Si oramos en base a quien Dios es, también debemos orar en base a lo que somos ante él. Abraham se reconoce pequeño e insignificante ante la grandeza de Dios. Si somos tan pequeño ¿Por qué creemos que sabemos lo que es mejor para nosotros y para los demás? ¿Por qué insistimos en que Dios cumpla nuestros deseos personales y no su voluntad eterna?
La oración parte de personas pequeñas que se reconocen humildemente como dependientes de Dios y como sus siervos. Ese sentimiento y reconocimiento deben ser claros en nuestras vidas para que podamos orar como conviene reflejando la voluntad y la justicia de Dios, a semejanza del publicano que no ora como si fuera el dueño de Dios (Lc 18.9-14).
En su oración y razonamiento con Dios, por varias veces nos dice el texto que Abraham insistió (18.29,30,31). La insistencia de Abraham era fruto de su conocimiento de Dios y no de sus ganas de realizar sus sueños de consumo. Insistía dentro de la voluntad de Dios, pues sabía que Dios prefiere la vida a muerte, la salvación a perdición, el perdón a venganza. Insistía en lo que sabía ser la obra redentora de Dios en el mundo. Insistía porque su misión era la de interceder por las vidas de los seres humanos.
La correcta insistencia es fruto de una espiritualidad que conoce a Dios y se relaciona pacientemente con su acción redentora en el mundo. En ese sentido, la misión cristiana se fundamenta en un ministerio de insistente oración e intercesión a Dios por la vida de todos los demás seres humanos.
5. Oramos porque Dios nos responde: ¿Cómo respondió Dios a esta petición e intercesión de Abraham? De cierta manera puede parecer que Dios no atendió la oración de Abraham, pues destruyo a las dos ciudades ya que no encontró en ellas al menos diez justos. Pero si seguimos la lectura del próximo capítulo, encontramos indicios fuertes de la respuesta divina a la oración de Abraham.
En primer lugar los dos ángeles confirmaron la decadencia en que vivían los moradores de la ciudad. Luego, encontraran a un solo justo, Lot, y se apresuraron a sacarle de la ciudad con toda su familia para que no fueran alcanzados por el juicio de Dios (19.12-17). Al final solo sobrevivieron Lot y sus dos hijas, pero la afirmación del verso 16 le da sentido a su salvación: “porque el Señor tuvo compasión de ellos”. El verso 19.29 amplia la idea diciendo que el Señor salvó a Lot porque se acordó de Abraham a quien había dado la promesa.
Al no haber diez justo para preservar a las ciudades, Dios preservó a único justo de la condenación de los demás por sus graves pecados. Dios respondió a las peticiones de Abraham de una forma que no la podía imaginar, pero que estaba conforme su razonamiento con Dios: ¡el justo no ha pagado por los malvados! Oramos porque sabemos y confiamos en que Dios siempre responde a las oraciones de su pueblo.
Ante la experiencia de Abraham como un hombre de oración, podemos aprender que oramos porque Dios es el que toma la iniciativa, porque hay un fuerte clamor ante Dios por los pecados e injusticias en todo el mundo, porque una vida comprometida con la oración es lo que Dios espera de sus siervos, porque razonamos con él acerca de su justicia en el mundo, y porque sabemos y confiamos en que Dios siempre responde a las oraciones.
Orar e interceder son pilares importantes de la espiritualidad y de la misión cristiana.
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