lunes, 18 de febrero de 2013

PABLO: Creer y Anunciar Eran Su Misión

Hechos 13.13-52 El trabajo misionero de Pablo tradicionalmente se divide en tres viajes misioneras, aunque sepamos que su vida ministerial haya sido muchísimo más amplia. Estudiando un poco más las actividades y viajes del apóstol, podemos tener una visión del conjunto de su vida misionera si la dividimos en algunos periodos: Conversión: 31/32 1. Damasco (31/32): Hc 9.19-22 2. Arabia (32-33): Gl 1.15-17 (2Co 11.32-33; Hc 9.23-25) 3. Jerusalén (33): Gl 1.18-19; Hc 9.26-30 4. Cilicia e Siria (33-42): Hc 9.30; 13-14; 15.22, 40-41 5. Antioquía: Hc 11.25-30 6. Chipre: Hc 13.4-12 7. Galacia (45-47): Hc 13.14-14.23 Concilio de Jerusalén: (48): Hc 15 8. Macedonia (49-50): Hc 16.11-17.15 9. Acaia (50-51): Hc 17.16-18.17 10. Asia (51-54): Hc 18.18-19.41 Colecta para la iglesia de Jerusalén (verano/55) 11. Iliria (56-57): Rm 15.19 (costa del Adriático – Albania e Croacia) 12. Cesarea (57-59): Hc 21.27-26.32 (23.23) (Pablo llevado preso a Cesarea) 13. Roma (60-62): Hc 27.1-28.31 14. España (62): Rm 15.23-29 Era ya su deseo evangelizar en España cuando les escribió a los Romanos cuando aún estaba en Corinto (56-57). Conforme documentos del primer siglo, este viaje, de hecho, la realizó en apóstol tras su soltura del primer período de prisión 15. Creta (63): Tt 1.5 La predicación misionera de Pablo nos cuenta mucho de su fe y teología, o sea, de lo que creía como teólogo. Quisiera, por tanto, destacar algunos puntos principales de su fe y teología: 1. Misión como respuesta a la vocación (13.15-16): este viaje de Pablo y su equipo surgió de la vocación de la iglesia (13.1-4a). No se pueden considerar a Pablo, Bernabé y Marcos como los misioneros, sobrenatural y especialmente vocacionados, como si la vocación fuera una experiencia mística o mágica a nivel personal exclusivamente. Este equipe emprendió un primer viaje misionero en respuesta tanto a la vocación personal que habían recibido de Dios, como a la vocación misionera impresa en la naturaleza misma de la iglesia. Al llegar a Antioquía de Pisidia se dirigieron a la sinagoga, algo muy natural en se tratando de judíos. Ya sabían de la costumbre en las sinagogas de dar la palabra a los judíos visitantes y se aprovecharon de eso para anunciar el evangelio a todos los presentes (judíos y gentiles prosélitos). La acción misionera de Pablo y sus compañeros aquí resume en términos prácticos la naturaleza vocacional de la iglesia y de ellos mismos como individuos. 2. Un evangelio sin fronteras humanas (13.16,26,43,47): cuando buscaron la sinagoga el sábado, lo hicieron por ser judíos, les era algo natural y esperado; pero lo hicieron, porque sabían que era el único lugar de la ciudad donde encontrarían reunidos juntos a judíos y a gentiles, ambos interesados en oír sobre Dios y sobre la palabra. No había ambiente mejor para iniciar el trabajo misionero, entonces, que una sinagoga. Eso tiene que ver con su creencia teológica: el evangelio no ha sido dado exclusivamente a judíos; Dios jamás pensó y planeó su obra en la tierra considerando nada más que un solo pueblo (judíos). El carácter de la obra redentora de Dios es universal en el sentido de que personas de todas las razas, épocas, culturas, extracto socioeconómico y político, etc no están excluidos de la posibilidad de redención. El evangelio es para todos y eso la iglesia y los cristianos lo tenemos que tener muy claro. 3. La elección de Dios: el fundamento para la salvación (13.17,48): uno de los primeros conceptos de fe mencionados por Pablo ha sido el de la elección o predestinación. Se refiere a la elección hecha por Dios de un pueblo para servirle. Menciona a Israel en este verso puesto que trata de un momento específico de la historia de la salvación de Dios. Hoy, como lo sabemos, el pueblo elegido por Dios es la iglesia compuesta por personas de todas las etnias y épocas. Al mencionar la elección luego a principios de su habla, Pablo le da importancia como el fundamento para la salvación humana. Eso quiere decir que si Dios no nos eligiera (o predestinara) a la salvación, inevitablemente estaríamos condenados por toda la eternidad, puesto que no hay en ninguno de nosotros ningún bien espiritual capaz de cubrir la deuda generada por el pecado ante Dios. El pecado está tan arraigado en nuestro ser que si Dios no decidiera por salvarnos, jamás lo podríamos hacerlo por nosotros mismos. El decidió por todo el proceso eterno e histórico de la redención, incluso predestinándonos a la vida eterna y llamándonos irresistiblemente a esa vida en algún momento especial de nuestra historia personal. Dependemos de Dios para la salvación y él no nos decepciona, a punto de enviar a su propio Hijo a morir en nuestro lugar. Nos eligió y ya no vuelve atrás con la salvación. Eso le da un sentido muy especial y claro a las palabras del verso 48: “creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna”. 4. La historia es el escenario de la redención de Dios (13.17-41): Pablo menciona conscientemente a lugares, a personas y a situaciones concretas en su mensaje, tales como: Egipto, el desierto, los jueces, los profetas (Samuel), la promesa, Abraham, Cristo (su encarnación, muerte, resurrección) y David. De ahí podemos notar que la salvación, que por un lado es una obra eterna y espiritual, por otro lado se concreta dentro del proceso histórico humano. Eso es muy bonito y, principalmente, es muy importante. Significa eso que Dios no ha gritado el evangelio desde el cielo para que lo oyéramos aquí abajo; más bien, se reveló y actuó dentro de la historia humana, envió a su hijo a vivir como un ser humano en un determinado local y época de la historia, a sufrir una muerte cruel y verdadera, y a resucitar física e históricamente. La salvación, por tanto, es un verdadero y grande milagro que ocurre dentro de los caminos de la historia humana; en ese sentido, vivimos el milagro de la salvación a diario y siguiendo el curso natural de la vida y de la historia. 5. Cristo: el evento de la salvación (13.24-37): el contenido central de la predicación de Pablo manifiesta también el centro de su fe y de su teología. El mensaje central que anunciaba a judíos y gentiles tenía como eje la encarnación, la muerte y la resurrección de Jesucristo, como los eventos fundamentales que marcaron su misión redentora en este mundo y la hicieron absolutamente eficaz para los que hemos sido alcanzados por la gracia y, en consecuencia, creemos en él. La realidad es que, sin Cristo (su persona como Dios-hombre y su obra), la redención no existiría en ninguna dimensión posible o imposible. Cristo es el autor de la redención y su obra (encarnación-muerte-resurrección) la tornaron posible y totalmente eficaz. En ese sentido, Cristo asume la posición de “evento de la salvación”, él es el evangelio, él es la redención. Consecuentemente, para nosotros que estamos por naturaleza eterna e irremediablemente condenados, la única posibilidad de salvación solo nos puede venir por y en Jesucristo. 6. La misión cristiana está compuesta por testigos que anuncian (13.31-32): al ser alcanzados por la gracia redentora de Jesucristo, nos tornamos, todos y cada uno de nosotros, en testigos que anuncian el evangelio de la salvación a las demás personas. En el texto, vemos como Pablo se refiere a sí mismo y a los demás apóstoles, junto con los primeros discípulos de la iglesia primitiva, como testigos ante el pueblo que anuncian las buenas nuevas respecto a Cristo y su obra salvadora. Los apóstoles fueron los primeros, históricamente y teológicamente hablando. Nos dejaron su legado de fe, de teología y de misión evangelizadora. Seguimos, por tanto, sus pasos de fe, heredamos sus escritos (y también los escritos de los profetas antes de ellos) y mantenemos viva, a lo largo de los siglos y por toda la geografía humana, la llama evangelizadora que vemos en sus vidas. ¡De los apóstoles a todos nosotros! 7. La resistencia natural al anuncio del evangelio (13.44-51): Siguiendo la lectura del texto nos deparamos con una natural resistencia al evangelio por parte de los judíos. Se negaban a recibir la palabra de Dios porque la interpretación que le dada Pablo iba en contra de sus tradiciones religiosas. Inicialmente intentaban contradecir el mensaje con argumentos eficazmente contestados por Pablo y Bernabé. Luego, procuraron incitar a mujeres muy distinguidas y favorables al judaísmo, y a los más prominentes de los hombres de la ciudad en contra de los apóstoles y de las personas que vinieron a creer en Cristo. La respuesta de Pablo y sus compañeros a esa situación de resistencia y persecución fue la mejor posible: argumentaba con ellos hasta límite posible, luego, cuando la argumentación ya no servía para nada, partieron hacia otro lugar, dejando establecida una iglesia en esa ciudad para que el mensaje del evangelio siguiera día a día, paso a paso, su camino entre las gentes de ahí. 8. La respuesta al evangelio (13.43-44,48,52): Es muy gratificante observar que, aún con resistencia y persecución, el evangelio fue recibido por los que tenían que creer en aquel momento especifico. Muy bonitas son las palabras que nos presentan y definen la respuesta dada por muchos al evangelio: muchos se reunieron para oír el evangelio, algunos fueron alcanzados por Cristo y se tornaron discípulos fieles, “llenos de alegría (gracia) y del Espíritu Santo” (13.52), una excelente forma de concluir esta etapa del viaje misionero. La plenitud de la gracia y del Espíritu Santo es la confirmación y el sello definitivos de la salvación en Cristo. Hubo conversiones, posiblemente no de todos los que acudieron a oír a Pablo y Bernabé, pero sí de todos los estaban destinados a creer. Lo importante es que el mensaje ha sido anunciado y que los discípulos locales siguieron respondiendo al evangelio y anunciando la palabra de Dios. Pero ¿qué implicaciones podemos encontrar para nuestras vidas hoy? Algunas sugerencias: a) todos nosotros somos vocacionados por Dios para su servicio, como un reflejo permanente de la vocación misionera de la iglesia, y ejercemos nuestra vocación y dones personales a diario; b) no podemos elegir a quien anunciamos el evangelio, puesto que no tiene fronteras humanas. Anunciamos a todos los seres humanos, indistintamente, a medida en que Dios nos da las oportunidades concretas; c) no podemos anunciar un “evangelio” formado por nuestros conceptos y preferencias personales. La elección y el Cristo histórico fundamentan nuestra creencia y solidifica nuestra fe, siendo la base para lo que tenemos que creer y anunciar; d) A lo largo del ejercicio de la misión cristiana nos encontramos con dificultades, rechazos, resistencias de toda clase, incluso con persecuciones. ¿Qué clase de resistencias o persecuciones sufrimos hoy? e) La plenitud de la gracia (alegría) y del Espíritu Santo es la marca de los verdaderos cristianos y deben manifestarse constantemente en nuestras vidas, produciendo arrepentimiento y fe, crecimiento en la palabra de Cristo y el fiel ejercicio de la vocación misionera de la iglesia.

lunes, 11 de febrero de 2013

PABLO: ¿Quién fue Pablo?

Hablar sobre la vida, la fe y la obra del apóstol Pablo es una tarea muy complicada. Muchísimos libros fueron escritos con ese propósito a lo largo de tantos siglos. Así que sería muy presuntuoso de nuestra parte proponer un estudio amplio y satisfactorio acerca de este personaje bíblico tan peculiar. Pero, al menos podemos leer un poco de sus propios escritos, con la ayuda de comentaristas e historiadores, e intentar conocerle y comprenderle un poco mejor. A eso nos proponemos, y para tanto empezaremos por la pregunta ¿quién fue Pablo?, buscando parte de la respuesta en lo que él mismo, y otros que convivieron con él, nos cuentan sobre su persona. I. ¿Quién era Pablo antes de conocer a Cristo? Sigamos sus propias palabras en Fp 3.5-6; Gl 1.14. Tenemos aquí una lista muy interesante que nos lleva a algunas conclusiones sobre Pablo: 1. Su familia: a) su familia tenía plenas condiciones de identificar su linaje como siendo de la tribu de Benjamín, lo que nos indica que llevaban de forma muy seria la tradición judía; b) “hebreo de pura cepa” o “hebreo de hebreos”: sugiere que sus padres lo educaron hablando el arameo y el hebreo, guardando los preceptos del judaísmo. Indica, también, que su familia mantenía de forma muy estricta el estilo de vida judío, regulado por las estipulaciones de su ley; c) su familia mantenía vínculos muy estrechos con la comunidad judía en Palestina, lo que nos muestra que era una familia con cierto grado de influencia en esa comunidad; 2. Ciudadano romano: no obtuvo ese privilegio por etnicidad. Muchos se tornaban ciudadanos romanos por tener un alto prestigio en sus comunidades; otros por servicios militares prestados a Roma; otros aún por buenos servicios como esclavos. No se sabe cuál fue la condición en que se encontraba la familia de Pablo, pero se supone que haya sido por su prestigio e influencia dentro de la comunidad judía. 3. Educación: su familia lo envió aún muy joven a estudiar en la prestigiosa escuela rabínica de Gamaliel en Jerusalén, lo que indica que era una familia con buenas posesiones e influencia política. 4. Idiomas: por el excelente uso que hace del idioma griego en sus escritos, podemos suponer que ese era el idioma que desde muy temprano hablaba cuando aún vivía en Tarso; además, hablaba también el arameo y el hebreo; por haberse criado en Cilicia, ciertamente hablaba el idioma nativo del local; además del latín por ser algo inherente a los privilegios de poseer la ciudadanía romana. Sin duda, eso explica muy bien lo que quiso decir Pablo a los corintios: “doy gracias a Dios porque hablo en lenguas más que todos vosotros” (1Co 14.18). II. Su conversión al Cristianismo: La famosa historia del viaje a Damasco: en el libro de los Hechos hay algunas referencias al viaje que hizo Pablo a Damasco (Siria) con cartas de los sacerdotes judíos que le autorizaba a llevar presos a Jerusalén a los judíos convertidos al cristianismo (Hc 9.1-21). En su viaje Pablo fue encontrado por Cristo cuando llegaba ya a Damasco. Existen 3 versiones de esta historia en Hechos (9.1-21; 22.6-21; 26.12-18. La del capítulo 26 amplía considerablemente el relato que encontramos en el capítulo 9. Comparemos los textos de Hechos 9.1-21 y Hechos 26.12-18 Respirando aún amenazas de muerte contra los discípulos del Señor (9.1) Estaba convencido de que debía hacer todo lo posible para combatir el nombre de Jesús de Nazaret (26.9) Metí en la cárcel a muchos de los santos (26.10) Cuando los mataban, manifestaba yo mi aprobación (26.10) Anduve de sinagoga en sinagoga castigándolos (26.11) Obligarlos a blasfemar (26.11) Mi obsesión contra ellos (26.11) Se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco. Tenía la intención de encontrar y llevar presos a Jerusalén a todos los que pertenecieran al Camino, fueran hombres o mujeres (9.1-2) Me llevaba al extremo de perseguirlos incluso en ciudades del extranjero. En uno de esos viajes iba yo hacia Damasco con la autoridad y la comisión de los jefes de los sacerdotes (26.11-12) Al acercarse a Damasco una luz del cielo resplandeció de repente a su alrededor (9.3) A eso del mediodía, oh rey, mientras iba por el camino, vi una luz del cielo, más refulgente que el sol, que con su resplandor nos envolvió a mí y a mis acompañantes (26.13) Él cayó al suelo (9.4) Todos caímos al suelo (26.14) Y oyó una voz que le decía (9.4) Y yo oí una voz que me decía en arameo (26.14) Saulo, Saulo ¿por qué me persigues? (9.4) Saulo, Saulo ¿por qué me persigues? ¿Qué sacas con darte cabezazos contra la pared? (26.14) ¿Quién eres, Señor? preguntó Entonces pregunté: ¿Quién eres, Señor? (26.15) Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad que allí se te dirá lo que tienes que hacer (9.5-6) Yo soy a Jesús, a quien tú persigues – me contestó el Señor – Ahora, ponte en pie y escúchame. Me he aparecido a ti con el fin de designarte siervo y testigo de lo que has visto de mí y de lo que te voy a revelar. Te libraré de tu propio pueblo y de los gentiles. Te envío a éstos para que les abras los ojos y se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, a fin de que, por la fe en mí, reciban el perdón de los pecados y la herencia entre los santificados (26.15-18) Por esta simple comparación entre los dos textos ya notamos como dio importancia significativa a su encuentro con Cristo. Lo cuenta con detalles más precisos y completos que en la primera versión contada por Lucas. Eso indica que el apóstol a lo largo de su vida reflejó teológica y misionologicamente acerca del sentido de su conversión y de los nuevos significados que esa experiencia le trajo. Sin duda, estaba metido en un permanente trabajo hermenéutico (interpretativo) acerca de su experiencia con Dios. Como destaque mencionamos el habla de Cristo en su respuesta a la pregunta de Pablo (26.15-18). La diferencia entre los dos textos es importante aquí, lo que nos muestra como Pablo valoraba la palabra dicha por Cristo y recibida por él en el momento de su conversión, y encontraba en ella unos referentes fuertes para su vida y misión desde entonces. Ciertamente, uno de los puntos fuertes de la palabra de Cristo fue la definición acerca de sí mismo y su directa identificación con el “Señor”. Dijo: “soy Jesús”. Se presenta a Pablo como siendo el propio Dios y Señor, por eso ya no debería perseguirle más al cazar y matar sus seguidores; más bien, siendo ahora también un discípulos debería dedicarse por completo como “siervo y testigo”. Su nueva misión, fuertemente caracterizada por el servicio y el testimonio, pasaría a estar vinculada a la identidad personal y divina de Jesucristo. Además, vemos que a lo largo de su ejercicio vocacional de vida cristiana e interpretativa de las Escrituras, Pablo encontraba significados nuevos y más amplios de la palabra de Cristo, lo que le hacía crecer en su teología, misión y espiritualidad. Pero estos textos en hechos no son las únicas referencias a su conversión. Él mismo menciona la importancia que su encuentro con Cristo tuvo para su sentido personal de misión: Gl 1.11-24; Cl 1.24-29; Ef 3.1-3; 1Tm 1.12-16; Fp 3.3-17; 1Co 9.1; 15.8. Como ejemplo tomamos a 1Co 9.1 cuando dice que “ha visto a Jesús nuestro Señor”, y a 1Co 15.8 en el que dice: “como a un nacido fuera de tiempo, apareció también a mí”. Aquí vemos como describe su conversión a Cristo como habiéndolo visto de forma real y objetiva, reconociéndolo claramente como el Señor. “Ver a Cristo” es una referencia que hace a su conversión en el camino a Damasco. Pero, aún viendo a Cristo y convirtiéndose a él, Pablo se considera “tardío” por haberle visto tras su muerte y su resurrección, y no como los Doce. Esta palabra, “nacido fuera de tiempo” (ektrômati) también puede significar un aborto espontaneo o inducido. Posiblemente, usa esta palabra no para indicar la forma como se dio su encuentro con Cristo o la ocasión en que ocurrió; más bien, se relaciona con la situación de vida que llevaba antes de conocer personalmente a Cristo. O sea, es un término que describe a un ser humano que vivía desolado y deprimente antes de encontrarse con Cristo. Se describe como un aborto para poner énfasis en que la vida no tenía ningún sentido más elevado sin el encuentro con el Cristo resucitado. Para nosotros hoy, creo que quedan algunas preguntas de reflexión: ¿Qué sentido tiene Cristo en nuestras vidas? ¿Nos hemos encontrado verdaderamente con él? ¿Podemos decir que Cristo nos encontró y nos rescató? ¿Qué significados tiene para nosotros y nuestras familias el hecho de que Cristo ha tomado la iniciativa de venir a nuestro encuentro ofreciéndonos su gracia, perdón y amor?

lunes, 4 de febrero de 2013

ABRAHAM: En El Mundo, Pero No Del Mundo

Gn 14.1-24 No hay dos historias que se siguen de forma paralela, no hay una historia de Dios (superior y sagrada) y otra, a parte, humana (inferior y profana). Para muchos cristianos es como si se pasaran dos historias independientes la una de la otra: la historia de Dios y la historia humana. Pero solo hay una historia y, en ella, vemos a Dios y a los hombres, vemos la actuación redentora de Dios y las distintas respuestas que le dan los hombres y mujeres a lo largo de los siglos. En este texto encontramos una de las ocasiones en que esas dos líneas (Dios redimiendo y las respuestas que le da los hombres) se coordinan juntas: por un lado vemos la actuación de Dios y por otro las reacciones humanas a él. En ese sentido, Abraham ocupa una posición muy interesante y especial: es parte integrante de la historia humana y, al contrario de la mayoría de los hombres, sigue los caminos trazados por Dios en esa historia. Está en el mundo, pero no sigue las pautas del mundo; más bien, camina en los senderos de Dios dentro del mundo y de la historia humana. En este capítulo tenemos la oportunidad de ver que Abraham estaba en el mundo, pero no compartía de la misma savia del mundo; era parte de una determinada sociedad humana y participaba activamente en ella, pero no se comprometía con sus principios pecaminosos. ¿Qué tiene eso a ver con nosotros hoy? Hay que empezar comprendiendo un poco mejor el texto. 1. La misma historia humana de siempre (14.1-12): hay nombres de reyes y de sus ciudades-reinos; un pequeño número de estados desafiando al soberano de toda la región, lo que generó una guerra entre ellos y la muerte de muchas personas. El proceso histórico y las intrigas políticas eran las de siempre, los deseos de conquista económica siguen siendo los de hoy, con la diferencia que hoy se conquistan mercados para nuestras marcas. Pero el deseo de riquezas y de más influencia y poder siguen marcando la pauta de los seres humanos y sus relaciones personales, familiares, económicas, políticas e, incluso, religiosas. Quedorlaómer y sus socios partieron de la región de Babilonia (Sinar) en una aventura de conquistas invadiendo otras tierras, haciendo nuevos enemigos y aumentando su poderío militar y económico (14.5-7) antes de la batalla en la orilla sur del Mar Muerto (el valle de Sidín está hoy bajo el Mar Muerto) contra el rey de Sodoma y sus aliados en Palestina. La conclusión de esa historia es que “y como Lot, el sobrino de Abraham, habitaba en Sodoma, también se lo llevaron a él, con todas sus posesiones” (14.12). Como sabemos por el capítulo anterior, Lot se separó de Abraham, buscando un mejor lugar donde pudiera cuidar a sus rebaños. Elige vivir en Sodoma, lo que demuestra que su elección solo se basaba en que “era una tierra de regadío, como el jardín del Señor” (13.10). Pero resultó ser una tierra de gente mala, que hacia deliberadamente lo que era malo a los ojos de Dios. Además, la riqueza de la tierra y la prosperidad económica de su gente servía de tentación a los conquistadores foráneos. Lo que tenemos aquí es que el mundo humano sigue el mismo compás de siempre, es la misma historia de siempre. 2. Abraham estaba en el mundo… (14.13-16): empezamos a leer el verso 13 y de pronto vemos que por primera vez en esta historia se menciona a Abraham. El autor nos lo presenta como “Abraham el hebreo”, posiblemente era como lo conocían los vecinos en sus días. “El hebreo” nos ayuda a entender que Abraham no vino del cielo, o sea, que tenía un origen humano y común, que era parte de un determinado pueblo de la misma forma que Mamré era amorreo (v.13). Además, vemos que Abraham seguía las pautas normales de su época. Necesitaba establecer vínculos con sus vecinos para que, juntos, se protegieran de los invasores y, por eso, mantenía alianzas militares con Mamré, Escol y Aner (v.13). Si seguimos el texto, luego vemos que convocó a 318 hombres adestrados para la guerra que habían nacido en su casa. Ya de pronto nos asustamos con el tamaño de su casa y podemos imaginarnos todo el aparato que tenía montado para mantener a esa casa. Con sus hombres y sus aliados se marcharon para la guerra contra los invasores que hicieron cautivo a su sobrino. Los persiguieron por muchos kilómetros hasta que los derrotaron y pudo rescatar a su sobrino, todos los demás cautivos y sus posesiones. Como vemos Abraham era un hombre de su tiempo, no era un extraterrestre, o alguien que por tener fe en Dios estaba absolutamente aislado de la cultura humana y sin ningún contacto con la sociedad de sus días. Todo por lo contrario, Abraham estaba en su mundo, era parte de su sociedad, mantenía vínculos comerciales, mantenía alianzas militares para la protección de su casa, acudía a sus vecinos para ayudarles en sus necesidades y era un buen vecino para todos los pueblos de Canaán. Era de bendición para estas familias. Estaba en el mundo… 3. Pero Abraham no era del mundo (14.17-24): Ahora, en estos versos, podemos ver que Abraham no mantenía los mismos principios de vida que los demás hombres de su época. En ese sentido, aunque estuviera en el mundo, no era del mundo. Luego que regresó de la victoriosa batalla contra Quedorlaómer y sus aliados, Abraham recibe la calurosa visita de dos reyes de su zona y observamos que hay un fuerte contraste entre ellos. A uno Abraham le da su “no”, al otro su “si”. El primer que se presentó fue el rey de Sodoma (Bera, que significa “malo”) y eso lo podemos entender muy bien, puesto que Abraham había rescatado a su pueblo y sus posesiones. Le debía un gran favor a Abraham y tenía una obligación con él. Por eso le ofreció a Abraham quedarse con todos las posesiones rescatadas devolviéndole solamente las personas de su pueblo (14.21). Se podía considerar que era un ofrecimiento bastante justo e, incluso, esperado. Pero Abraham no quería estar en débito con hombre alguno, sobre todo con el rey de una ciudad con la fama que tenía Sodoma. El rechazo de Abraham al ofrecimiento del rey de Sodoma ha sido muy claro y contundente: “he jurado por el Señor, el Dios Altísimo, creador del cielo y de la tierra, que no tomaré nada de lo que es tuyo, ni siquiera un hilo ni la correa de una sandalia. Así nunca podrás decir: Yo hice rico a Abraham. No quiero nada para mí, salvo lo que mis hombres ya han comido” (14.22-24). Los principios de fe de Abraham le impedían mantener una clase de deuda como esa con una persona como el rey de Sodoma. Sería como concordar y participar de la corrupción que produjo esa riqueza, sería como ser cómplice de las obras de las tinieblas, andar conforme a los poderes de este mundo, conduciéndose según el que gobierna las tinieblas, según el espíritu que ejerce su poder en los que viven en la desobediencia, impulsado por sus deseos pecaminosos… (Ef 2.1-3). Él no podía entregarse a esa clase de compromiso y comprometer su vocación porque sus raíces estaban ya firmadas en la fe, porque su vida estaba ya confirmada por una promesa y por la misión de ser bendición para todo el mundo. Y por esa misma razón, Abraham se encuentra con Melquisedec (“rey de justicia” y “rey de paz” – Hb 7.2) que era el rey de Salén, futura Jerusalén, y sacerdote del Dios Altísimo. Este encuentro con Melquisedec tiene al menos tres niveles de significados. En un primer nivel, como historia pura y simple, un rey cananeo ofrece un gesto fraterno al héroe que vuelve a casa, ofreciéndole y a sus hombres una simple merienda de pan y vino y le bendice. Abraham y sus hombres aceptan los alimentos y la bendición. Evidentemente, Melquisedec asume una función sacerdotal muy importante aquí, sobre todo por ser el rey y sacerdote de Jerusalén. A ese sacerdote, Abraham le dio la décima parte (diezmo) de todo el botín. Ese hecho de Abraham era un reconocimiento de que la victoria contra sus enemigos le ha sido dada por Dios, no era el resultado final de su fuerza y superioridad militar. Abraham dio el diezmo de todo porque quería agradecer a Dios por la victoria y por su justicia. Aprendemos aquí con Abraham que el diezmo representa nuestra gratitud a Cristo por su justicia aplicada en nuestras vidas. Al diezmar manifestamos nuestra confianza en que el Señor, y solo él, nos cuida y nos da lo suficiente por su providencia. En un según nivel, esta historia asume un significado sacramental, puesto que el pan y el vino ofrecidos por Melquisedec inevitablemente nos conduce al sacramento de la Santa Cena instituido por Jesucristo representando su presencia real y verdadera entre los creyentes que siguen los pasos de fe de Abraham. Además, la deidad a que servía Melquisedec era el “Dios Altísimo”, El Elyon. El Elyon era adorado por los cananeos en general como siendo la suprema deidad, el padre y creador. Este nombre “Dios Altísimo”, por tanto, era muy bien conocido de todos los cananeos, que tenían además sus varios otros dioses, como Baal por ejemplo. Pero las palabras de Abraham en el v.22 ya suenan un poco distintas: asocia al Dios Altísimo de Melquisedec con el Señor (Iahweh). No hay otro Dios Altísimo que el Señor que le habla personalmente y que le ha dado la promesa de vida a todas las familias de la tierra. En un tercer nivel de significados, el encuentro con Melquisedec asume también un sentido simbólico y tipológico. En primer lugar su nombre, rey de justicia, marca una profunda diferencia con el nombre de Bera (el malo); Jerusalén que representa un lugar de paz, la ciudad de Dios, marca una sensible diferencia con Sodoma, un lugar de pecado y destrucción. Si por un lado Abraham representa al pueblo elegido (Israel-Iglesia) para seguir a Cristo en fe, Melquisedec por otro lado representa al futuro rey que se sentará en el trono de Jerusalén para reinar con justicia (David y Cristo por su resurrección – Sl 110.4; Hb 7.11-28). Así que podemos concluir con las palabras de Jesucristo en Jn 17.13-18 que están profundamente relacionadas con la experiencia de Abraham, de estar en el mundo, pero no de pertenecer al mundo: “ahora vuelvo a ti, pero digo estas cosas mientras todavía estoy en el mundo, para que tengan mi alegría en plenitud. Yo les he entregado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que os quites del mundo, sino que los protejas del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco lo soy yo. Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad. Como tú me enviaste al mundo, yo los envío también al mundo”.

lunes, 28 de enero de 2013

ABRAHAM: Un Hombre de Oración

Gn 18.16-33 La oración es una práctica normal y esperada de todos los cristianos. Se trata de uno de los matices más importantes de nuestra espiritualidad como creyentes. Pero ¿sabemos orar según la voluntad de Dios? Abraham se nos presenta aquí como un hombre de oración y de intercesión. Este pasaje de su vida nos enseña mucho sobre qué debemos creer acerca de la oración y, por supuesto, sobre cómo orar según la voluntad de Dios. Hay algunos elementos en esta historia que nos llaman la atención sobre la oración. 1. Oramos porque Dios toma la iniciativa: no somos nosotros los que tomamos la iniciativa de orar y de buscar a Dios, como si fuera algo natural en nosotros mismos. Más bien, lo que torna la oración una actitud de espiritualidad es que se genera en Dios y no en nosotros. En el texto vemos como Dios le incitó a Abraham a orar e interceder a favor de Sodoma: “Abraham los acompañó para despedirlos. Pero el Señor estaba pensando: ´¿Le ocultaré a Abraham lo que voy a hacer?´ Es un hecho que Abraham se convertirá en una nación grande y poderosa, y que en él serán bendecidas todas las naciones de la tierra” (18.16-18). Con estas palabras el texto nos enseña como Dios le hace saber algo a Abraham para que, entonces, este se sienta vocacionalmente responsable ante Dios para orar e interceder. La promesa (Gn 12.3) se repite aquí como una forma de mover a Abraham a la oración, es responsable por interceder y ser de bendición para las naciones. Además, vemos en 18.19 que Dios declara que ha elegido a Abraham deliberadamente para que instruyera a sus descendientes a mantenerse en el camino del Señor, pues esa era la forma en que el Señor cumpliría su promesa. En ese sentido, la elección de Abraham le exigía que intercediera en aquel momento por la vida de los habitantes de Sodoma. Tenía que orar porque esa era la voluntad y la iniciativa de Dios en su vida. Leyendo también el 18.33 que no ha sido Abraham el que terminó de orar, sino más bien, que “el Señor terminó de hablar con Abraham”. Incluso la iniciativa de terminar la oración fue de Dios. Juntando estas informaciones podemos concluir que la espiritualidad de la oración, y su eficacia, no reside en que tengamos una fe especial o algún don sobrenatural, sino que reside en que orar es la decisión y la iniciativa de Dios para su pueblo elegido. Oramos porque Dios toma la iniciativa y nos lleva a orar. 2. Oramos porque hay un clamor ante Dios: “el Señor le dijo: el clamor contra Sodoma y Gomorra resulta ya insoportable, y su pecado es gravísimo…” (18.20-21). Dios le hizo saber a Abraham la necesidad de arrepentimiento que había entre las personas de Sodoma y Gomorra. Dios le presentó la situación tal como era ante sus ojos, no como le pareciera ser a Abraham o a cualquiera de nosotros… Para Dios el pecado de aquellas personas era ya insoportable y gravísimo, y estaba decidido a juzgar con severidad a esta gente. La oración existe y cobra sentido porque hay un desequilibro entre las acciones de los hombres (sea individualmente, sea sistémicamente) y la justicia de Dios. La injusticia humana, sea la que fuere, siempre hiere la voluntad de Dios, lo que resulta en un clamor insoportable y gravísimo ante Dios. En ese sentido, el choque entre las acciones humanas y la voluntad de Dios resulta en una espiritualidad fuertemente marcada por la oración y por la intercesión. 3. Oramos porque es lo que Dios espera de nosotros: “pero Abraham se quedó en pie frente al Señor. Entonces se acercó al Señor y le dijo” (18.22-23). Posiblemente el texto diga “el Señor se quedó en pie frente a Abraham”. Según algunos comentaristas el cambio de posición de los personajes se haya hecho por algún escriba temiendo una posible irreverencia. Por lo menos, estas palabras fueron catalogadas por los masoretas como una corrección en ese sentido. Pero lo importante es notar que había por parte de Dios una expectativa (si es que podemos usar esta palabra) en cuanto a la actitud de oración de Abraham. Estaban de frente uno al otro, se miraban y Abraham entonces le dijo… Así que uno de los elementos de la oración es que oramos porque esa es la voluntad de Dios para sus siervos, es lo que Dios espera de todos nosotros. 4. Oramos porque razonamos con Dios sobre la justicia: “¿De veras vas a exterminar al justo junto con el malvado?” (18.23-32). ¿Los buenos pagan por los malos? Eso es lo que normalmente pasa cuando nos guiamos por las leyes y tradiciones humanas, pero ¿es así con la justicia de Dios? En base a esa pregunta y razonamiento, la oración asume un carácter único, vinculado a la promesa de ser bendición para todas las naciones del mundo (una misión que ahora nos toca vivir y cumplir – Mt 28.18-20). En su intercesión por los habitantes de Sodoma y Gomorra, Abraham fue descendiendo de 50 hasta llegar a los 10 posibles justos que justificarían que las ciudades no fueran destruidas por su pecado. Abraham hizo su razonamiento en base a lo que conocía de la persona de Dios y su justicia. Hizo su razonamiento en base a la palabra de Dios en la que le dio la promesa de ser el intercesor y mediador de la bendición a todas las naciones. Abraham conocía a su Dios, por eso podía razonar con él en base a su palabra y justicia reveladas: “¡Lejos de ti hacer tal cosa! ¿Matar al justo con el malvado, y que ambos sean tratados de la misma manera? ¡Jamás hagas tal cosa! Tú, que eres el Juez de toda la tierra, ¿no harás justicia?” (18.25). Siempre que oramos e intercedemos lo debemos hacer en base a quien es Dios, no a lo que queremos nosotros, o que creemos ser lo mejor para nosotros. La oración es un reflejo de quien Dios es y de qué Dios hace como el Juez de toda la tierra. Eso le da la debida forma y sentido a la espiritualidad de la oración en la vida cristiana. Así que es preciso que nuestra vida de oración asuma un perfil de ministerio, o sea, no podemos simplemente orar; más bien, debemos ejercer un ministerio serio de oración y de intercesión fundamentado en quien es Dios y en su obra de justificación en Cristo. Pero el razonamiento en la oración también lleva en cuenta lo que somos ante Dios: “reconozco que he sido muy atrevido al dirigirme a mi Señor, yo, que apenas soy polvo y ceniza” (18.27). Si oramos en base a quien Dios es, también debemos orar en base a lo que somos ante él. Abraham se reconoce pequeño e insignificante ante la grandeza de Dios. Si somos tan pequeño ¿Por qué creemos que sabemos lo que es mejor para nosotros y para los demás? ¿Por qué insistimos en que Dios cumpla nuestros deseos personales y no su voluntad eterna? La oración parte de personas pequeñas que se reconocen humildemente como dependientes de Dios y como sus siervos. Ese sentimiento y reconocimiento deben ser claros en nuestras vidas para que podamos orar como conviene reflejando la voluntad y la justicia de Dios, a semejanza del publicano que no ora como si fuera el dueño de Dios (Lc 18.9-14). En su oración y razonamiento con Dios, por varias veces nos dice el texto que Abraham insistió (18.29,30,31). La insistencia de Abraham era fruto de su conocimiento de Dios y no de sus ganas de realizar sus sueños de consumo. Insistía dentro de la voluntad de Dios, pues sabía que Dios prefiere la vida a muerte, la salvación a perdición, el perdón a venganza. Insistía en lo que sabía ser la obra redentora de Dios en el mundo. Insistía porque su misión era la de interceder por las vidas de los seres humanos. La correcta insistencia es fruto de una espiritualidad que conoce a Dios y se relaciona pacientemente con su acción redentora en el mundo. En ese sentido, la misión cristiana se fundamenta en un ministerio de insistente oración e intercesión a Dios por la vida de todos los demás seres humanos. 5. Oramos porque Dios nos responde: ¿Cómo respondió Dios a esta petición e intercesión de Abraham? De cierta manera puede parecer que Dios no atendió la oración de Abraham, pues destruyo a las dos ciudades ya que no encontró en ellas al menos diez justos. Pero si seguimos la lectura del próximo capítulo, encontramos indicios fuertes de la respuesta divina a la oración de Abraham. En primer lugar los dos ángeles confirmaron la decadencia en que vivían los moradores de la ciudad. Luego, encontraran a un solo justo, Lot, y se apresuraron a sacarle de la ciudad con toda su familia para que no fueran alcanzados por el juicio de Dios (19.12-17). Al final solo sobrevivieron Lot y sus dos hijas, pero la afirmación del verso 16 le da sentido a su salvación: “porque el Señor tuvo compasión de ellos”. El verso 19.29 amplia la idea diciendo que el Señor salvó a Lot porque se acordó de Abraham a quien había dado la promesa. Al no haber diez justo para preservar a las ciudades, Dios preservó a único justo de la condenación de los demás por sus graves pecados. Dios respondió a las peticiones de Abraham de una forma que no la podía imaginar, pero que estaba conforme su razonamiento con Dios: ¡el justo no ha pagado por los malvados! Oramos porque sabemos y confiamos en que Dios siempre responde a las oraciones de su pueblo. Ante la experiencia de Abraham como un hombre de oración, podemos aprender que oramos porque Dios es el que toma la iniciativa, porque hay un fuerte clamor ante Dios por los pecados e injusticias en todo el mundo, porque una vida comprometida con la oración es lo que Dios espera de sus siervos, porque razonamos con él acerca de su justicia en el mundo, y porque sabemos y confiamos en que Dios siempre responde a las oraciones. Orar e interceder son pilares importantes de la espiritualidad y de la misión cristiana.

miércoles, 23 de enero de 2013

ABRAHAM: Sacrificio, Fe y Provisión

Gn 22.1-19 Estamos ante una de las historias más intrigantes de la vida de Abraham, cuando Dios le pide que sacrifique la vida de su único hijo, el hijo de la promesa. Es cierto que vivían en un contexto cultural y religioso en que los sacrificios humanos a los dioses de los pueblos alrededor de donde vivían no era nada extraño, pero la fe en el verdadero Dios estaba depositada sobre una promesa de vida y de bendición. ¿Qué significó para Abraham que Dios le pidiera la vida de su único hijo, el hijo de la promesa? ¿Qué significó para Isaac? Y, ¿qué significa para nosotros la experiencia de sacrificio, de fe y de provisión divina que tuvo Abraham? ¿Qué podemos aprender con la experiencia de Abraham? Para saber cómo aplicar esta historia a nuestras vida, debemos empezar comprendiendo la historia y sus matices. “Dios puso a prueba a Abraham” (22.1): Dios quiso probar la fe de Abraham. No porque se estaba acabando su fe, o porque se estaba desviando de la fe… Las pruebas de Dios no son castigos, son instrumentos de crecimiento y edificación: “lo que estáis soportando es para vuestra disciplina, pues Dios os está tratando como a hijos” (Hb 12.7-13). No necesitamos temer las probaciones que nos vienen de Dios; debemos temer, eso sí, las consecuencias de nuestro propio pecado. “Toma a tu hijo, el único que tienes y al que tanto amas… ofrécelo como holocausto” (22.2): La forma como Dios se refiere a Isaac es progresiva. Cada frase acrecienta un cierto grado más a lo que Dios, en seguida, le pediría a Abraham. Se va formando una tensión creciente hasta que le llega la orden de Dios de que debería sacrificar la vida de su único y amado hijo. Una petición muy extraña y contradictoria, puesto que en 21.12, Isaac fue confirmado por Dios como el hijo de la promesa: “porque tu descendencia se establecerá por medio de Isaac”. ¿Cómo podía explicarse Abraham que Dios le prometiera algo e en seguida se lo quitara, porque sí? ¿Puede Dios hacer cosas así? ¿Puede Dios jugar con nosotros de esa manera? ¿Cómo se lo tomó Abraham? Seguramente tuvo sus dudas, preguntas y luchas internas, posiblemente haya llorado toda la noche; era tan humano como tú y yo. Pero, al igual que nosotros, tenía una verdadera fe en Dios que lo hizo someterse a la palabra de Dios: “se levantó de madrugada… y se encaminó hacia el lugar que Dios le había indicado” (22.3). Respondió positivamente con la fe a la palabra de Dios, aunque muchas cosas no le cuadraban. Aunque tengamos dudas y preguntas, la verdadera fe nos lleva siempre a los pies de Cristo. No nos sometemos a la voluntad de Dios porque la comprendemos perfectamente, o porque estamos totalmente en acuerdo con ella. Nos sometemos a la voluntad de Dios porque le conocemos por fe y sabemos que hace lo mejor para sus hijos, incluso el haber sacrificado el suyo en la cruz. “Y ve a la región de Moria… en el monte que yo te indicaré” (22.2): la región adonde debería dirigirse Abraham se quedó conocida como “Moria”. Se convirtió en un lugar muy especial, porque fue donde se construyó más tarde el templo de Salomón (2Cr 3.1) y muy cerca del Calvario donde Cristo habría de ser crucificado. El Sl 24.3 también hace una interesante referencia a este lugar, cuando pregunta: “¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en su santo lugar?”. Importante observar que el significado de nombre hebreo “Moria” es “lugar de la provisión de Dios”, como lo podemos ver en 22.14. Debemos reconocer la importancia de ese nombre para el contexto de la experiencia de Abraham, puesto que refleja su fe en que Dios ha de proveer tras el sacrificio de Isaac. Creía en la provisión de Dios, que no dejaría de cumplir con su palabra eterna y su promesa. Seguramente, a lo largo de su viaje (peregrinaje) hasta Moria, Abraham estuvo meditando sobre la permanente provisión de Dios en su vida y en su familia. En Moria habría un monte específico que Dios “le indicaría” a Abraham. Con toda certeza estas palabras le hicieron recordarse de cuando Dios le llamó por primera vez a que dejara su tierra, sus pariente y la casa de su padre para irse a una tierra que le mostraría (12.1). Caminó tres largos días con su hijo (22.4), tiempo en que pudo meditar y ejercer su fe. Tiempo de una prolongada prueba y de una obediencia firmemente mantenida. El “carácter” de su fe se perfeccionaba, su reflexión sobre la palabra de Dios se profundizaba, su espiritualidad se fortalecía. Su vida de peregrinaje en búsqueda de la voluntad de Dios no había terminado; más bien, le seguía a lo largo de toda su vida de fe y comunión con Dios. Habría que seguir esperando en Dios y orientándose cada día por sus señales y por su palabra. ¡Así es la vida de los que seguimos a Dios! “Y luego regresaremos junto a vosotros” (22.5): iba con la certeza de que tenía que sacrificar a su hijo, pero también con la misma certeza de que volvería luego con su hijo vivo. No podemos tomarnos a la ligera esta afirmación de Abraham, pues está cargada de significado para él mismo, para Isaac por supuesto, y para todos los en los siglos venideros seguimos las pisadas de fe de Abraham. ¿A qué se refiere Abraham cuando dice que volvería con su hijo vivo? Leyendo Hb 11.17-19, vemos que “consideraba Abraham que Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos, y así, en sentido figurado, recobró a Isaac de entre los muertos”. Abraham claramente esperaba y confiaba en que Dios resucitaría a Isaac, porque su palabra y promesa habrían de cumplirse fielmente. Isaac cargó con la leña sobre sus hombros, Abraham con el fuego y el cuchillo, “y los dos siguieron caminando juntos” (22.6). Al leer que Isaac cargo con la leña, inevitablemente nos acordamos de Cristo cargando con el madero (la cruz) yendo camino del Calvario (¡lugar muy cerca del monte Moria!): “Jesús salió cargando su propia cruz hacia el lugar de la Calavera” (Jn 19.17). Tenemos aquí una clara tipología de la muerte y resurrección de Cristo, donde la victima (el hijo) y el ofertante (el padre) siguen lado a lado caminando en fe hacia el sacrificio mortal y la inevitable resurrección. ¿Y el cordero, dónde está” es la pregunta que le da todo el sentido a la tipología. “El cordero, hijo mío, lo proveerá Dios… y siguieron caminando juntos” (22.7-8). Abraham sabía muy bien que el sacrificio se realizaría de cualquier manera, incluso reconocía que su hijo iba a substituir el cordero en el sacrificio. Pero su afirmación de que “Dios proveerá” refleja con exactitud su obediente fe en la palabra de Dios. Eso no muestra que la vida de Abraham era una vida que dependía de la fe y no de las obras meritorias: esperar confiadamente por la obra de Dios y no depender de sus propios esfuerzos y obras personales. El peso está en la obra de Dios y no en nuestros meritos personales. “Cuando llegaron al lugar señalado por Dios…" (22.9-10): es muy importante notar que la narrativa ahora se cuenta con más detalles, el ritmo de la historia ahora va más despacio, como se fuera en cámara lenta, para que no perdamos ningún detalle: Cuando llegaron al lugar señalado por Dios Abraham construyó un altar Y preparó la leña Después ato a su hijo Isaac Y lo puso sobre el altar Encima de la leña Entonces tomo el cuchillo para sacrificar a su hijo Podemos captar cada movimiento, cada suspiro, cada detalle, cada mirada entre Abraham e Isaac y cada lágrima. Pero captamos también el contorno de la fe de ambos, la confianza de que Dios cumpliría fielmente con su palabra y la esperanza de que el cordero resucitaría por el poder de Dios. La historia se acerca a su clímax… “pero en ese momento el ángel del Señor le gritó desde el cielo” (22.11-12): aquí encontramos todo el significado del pasaje y de la experiencia de Abraham. El “ángel del Señor” es una teofanía: el propio Cristo que se le manifestaba en forma de ángel. Y no era la primera vez (Gn 18.1). La forma autoritativa con que habla el ángel asumiendo el lugar de Dios y renovando la antigua promesa (22.15-18) nos confirma claramente la teofanía. Además, se pone en lugar de Dios cuando reconoce que Abraham no se ha negado a darle a su hijo. Y, precisamente, esta afirmación de Cristo a Abraham “ahora sé que temes a Dios, pues ni siquiera te has negado a darme a tu único hijo” (22.12), muestra que del lado humano (Abraham) había una completa disposición y fe para el sacrificio último, el sacrificio de la vida; pero del lado de Dios toda la devoción, fe y fidelidad son percibidas y apreciadas, y ninguna herida fue permitida. Estas palabras del texto parecen responder adecuadamente a las angustiosas preguntas del profeta: “¿Cómo podré acercarme al Señor y postrarme ante el Dios Altísimo? ¿Podré presentarme con holocaustos o con becerros de un año? ¿Se complacerá el Señor con miles de carneros, o con diez mil arroyos de aceite? ¿Ofreceré a mi primogénito por mi delito, al fruto de mis entrañas por mi pecado? (Mq 6.6-7). Y la respuesta viene luego a seguir: “practicar la justicia, amar la misericordia y humillarte ante tu Dios”. Eso hizo Abraham en Moria, donde el Señor provee. Eso lo hizo Abraham a lo largo de toda su vida, convirtiéndose en el padre de los que creen en Jesucristo. Eso es lo que hacen todos los que creen en Jesucristo y depositan sus vidas enteramente y humildemente en sus manos. Es un tema de fe y no de meritos. “Fue, tomó el carnero y lo ofreció como holocausto, en lugar de su hijo” (22.13): el sacrificio sustitutivo del carnero que apunta de forma certera al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1.29), a Cristo que se sacrificó voluntariamente pagando el precio para que fuéramos limpiados por Dios de todos nuestros pecados. Cristo es la suprema provisión de Dios para el ser humano. Cristo es el cumplimiento fiel y cabal de Dios a su propia promesa de bendición a todas las familias de la tierra, tal como hecha a Abraham. “Cuando Dios hizo su promesa a Abraham, como no tenía a nadie superior por quien jurar, juró por sí mismo, y dijo: ´Te bendeciré en gran manera y multiplicaré tu descendencia´. Y así, después de esperar con paciencia, Abraham recibió lo que Dios le había prometido… Por eso Dios, queriendo demostrar claramente a los herederos de la promesa que su propósito es inmutable, la confirmó con un juramento. Lo hizo así para que, mediante la promesa y el juramento, que son dos realidades inmutables en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un estimulo poderoso los que, buscando refugio, nos aferramos a la esperanza que está delante de nosotros. Tengamos como firme y segura ancla del alma una esperanza que penetra hasta detrás de la cortina del santuario, hasta donde Jesús, el precursor, entró por nosotros, llegando a ser sumo sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (Hb 6.13-20). Con Abraham aprendemos que el sacrificio de Cristo y la fe verdaderamente depositada en él, nos conducen a la provisión eterna de salvación de Dios. ¡Abramos a él nuestra vida y nuestros corazones!

lunes, 14 de enero de 2013

ABRAHAM: de su "zona confortable" a la misión de Dios

Si queremos hablar un poco sobre la vida de Abraham no hay otro camino que empezar por su llamado y vocación, aunque toda su vida fuera marcada por episodios muy variados e intensos, donde la fe y la lealtad a Dios marcaron siempre la pauta. Para comprender la vida de Abraham es importante reconocer que, aunque se le considera el primer de los patriarcas de Israel, la influencia de su fe y de la justificación que recibió de Dios no se limita a su pueblo según la carne. Por el contrario, se extiende de forma amplia y profunda a todos los que creen en Cristo para su salvación: su verdadero pueblo según la fe es, por tanto, la iglesia. Eso se confirma en textos como: “por eso se le tomó en cuenta su fe como justicia. Y esto de que ´se le tomó en cuenta´ no se escribió solo para Abraham, sino también para nosotros. Dios tomará en cuenta nuestra fe como justicia, pues creemos en aquel que levantó de entre los muertos a Jesús como Señor. Él fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación” (Rm 4.22-25); “por lo tanto, sabed que los descendientes de Abraham son aquellos que viven por la fe. En efecto, la Escritura, habiendo previsto que Dios justificaría por la fe a las naciones, anunció de antemano el evangelio a Abraham: ´por medio de ti serán bendecidas todas las naciones´. Así que los que viven por la fe son bendecidos junto con Abraham, el hombre de fe” (Gl 3.7-9). Así que empezaremos a conocer un poco más acerca de su llamado por Dios y su consecuente vocación para servir a Dios, leyendo el texto de Gn 12.1-3. “El Señor le dijo a Abram…” (12.1): en esta frase encontramos el fundamento para la vida de Abraham, el hecho de que toda su vida se basa en lo que Dios le decía, en la palabra de Dios. Sin la solidez de este fundamento su vida hubiera sido guiada por sus sentimientos en algunos momentos, o por su razón en otros, o por su deseo de ser influyente y de tener muchos bienes. Pero ¡no! Abraham se dejó llevar por los caminos de Dios tal como el propio Dios se los revelada por medio de su palabra. Por eso su vida siguió en rumbo muy diferente de lo que la mayoría de la gente espera aún hoy para sus propias vidas. Abraham encontró en la voz de Dios que le llamaba y le decía el sentido para su existencia humana. Encontró en la palabra de Dios su verdadera vocación. Seguramente, como lo podemos constatar a lo largo de su historia, Abraham tuvo que luchar consigo mismo para mantenerse fiel a esta vocación y a la palabra de Dios que le llamaba y le hablaba. Pero lo más importante ahora es reconocer que en la palabra de Dios residía toda su fe y fundamentaba cada momento y dimensión de su vida. Nosotros, de igual manera, debemos encontrar en la palabra de Dios (la Biblia) el fundamento más profundo para nuestras decisiones. Cuando nos firmamos en los principios de la palabra de Dios no podemos esperar otra cosa que la transformación de nuestra forma de pensar y, en consecuencia, de los caminos que seguimos a diario. “Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre…” (12.1): esa era la palabra de Dios para Abraham en aquel momento de su vida. Dejar atrás a sus raíces, a su cultura, a la antigua religión de sus padres, a sus parientes, a sus padres. En aquel momento de la historia cuando uno dejaba su tierra no tenía teléfono o internet o vuelos baratos, o sea, lo más probable era que no volvería jamás a ver a sus parientes ni a sus padres. Dios le llamaba a emprender una jornada sin vuelta. Lo que sabemos es que su padre, Téraj, ya había dejado su tierra natal en Ur llevando consigo a Abraham y Saray, a Najor y Milca, y a su nieto Lot, hijo de Jarán, muerto en Ur. Téraj partió con su familia y se quedaron en la ciudad de Jarán, fundada por él mismo a la que le dio el nombre de su hijo muerto (Gn 11.27-32). Eso significa que el llamado de Abraham por Dios se concretizó en Jarán después de la muerte de su padre. Se quedó con él hasta su muerte y sólo entonces deja su tierra y a sus parientes para seguir el llamado de Dios. Eso no quiere decir que Abraham consideraba a su padre más importante que Dios, más bien, que tomó en cuenta que la voluntad de Dios en todas las épocas es que honremos a nuestros padres (Ex 20.12). En ese sentido, su llamado y vocación ya se fundamentaban en su relación personal con Dios que, desde antes, ya le hablaba y le revelaba su voluntad. Pero lo que nos interesa también es comprender que al dejar su tierra, sus parientes y la casa de su padre, Abraham estaba dejando su “zona confortable”, donde se encontraba humanamente seguro y donde supuestamente tendría un futuro garantizado. Aparentemente, dejar su “zona confortable” era asumir un riesgo innecesario, a final podría servir a Dios sin tener que cruzar esa frontera. Pero al cruzarla se encuentra en manos de Dios de una forma muy especial, puesto que sin cruzarla no llegaría jamás a conocer la profundidad de los propósitos de Dios para su vida. En la “zona confortable” nuestra visión de Dios se torna restringida a los límites humanos de nuestra vida y, por más que nos esforcemos por comprender su voluntad, no llegamos a alcanzarla por completo. Abraham tuvo que dejar su “zona confortable” para entregarse por completo al camino tan especial que Dios le tenía propuesto. “Y vete a la tierra que te mostraré” (12.1): al cruzar la frontera de su tierra, sus parientes y de la casa de su padre, no se quedó Abraham sin ningún lugar a que pertenecer. Había una nueva tierra que Dios le mostraría, con nuevas personas, con nuevas dimensiones y con la posibilidad concreta de servir a Dios conforme el llamado recibido. Tuvo de dejar su “zona confortable” y caminar día tras día siguiendo las señales de Dios hasta que pudiera acampar en su nueva tierra. Para entonces, mucho tiempo, muchas luchas y muchas historias ya se habrían acumulado, pero todas según la voluntad de Dios, allanando a su vida para que cumpliera con el propósito del Padre. Abraham fue un peregrino en nombre de Dios. La idea de “peregrino” es de alguien que sabe que llegará, pero que tiene que caminar, un paso tras otro siguiendo un largo camino, con tiempo suficiente para conocerse ante Dios, para verse como siervo de Dios, para reconocerse como un buscador de la voluntad de Dios, para vencer la tentación de la “zona confortable”. Abraham estaba absolutamente seguro de que llegaría, pero no tenía claro, en aquel momento, ni dónde ni cuándo. Así es la vida cristiana, una vida de seguir a Dios, buscando a diario su voluntad, reconociendo sus señales en la historia y en nuestra historia, seguros de que llegaremos a la morada eterna. Esa idea de “peregrinaje” fue muy importante para los primeros cristianos, que en muchas ocasiones se conocían y se definían como “los del camino”: “tenía la intención de encontrar y llevar presos a Jerusalén a todos los que pertenecieran al Camino, fueran hombres o mujeres” (Hc 9.2); “pero algunos se negaron obstinadamente a creer, y ante la congregación hablaban mal del Camino” (Hc 19.9); “por aquellos días se produjo un gran disturbio a propósito del Camino” (Hc 19.23); “perseguí a muerte a los seguidores de este Camino” (Hc 22.4); “adoro al Dios de nuestros antepasados siguiendo este Camino que mis acusadores llaman secta” (Hc 24.14); “entonces Félix, que estaba bien informado del Camino, suspendió la sesión” (Hc 24.22). Seguimos hoy como creyentes peregrinos, que estamos en el Camino y que buscamos conocer y reconocer cada día la voluntad de Dios para nuestras vidas. Si no estamos en el Camino es que todavía nos limitamos a nuestra “zona confortable”. “Haré de ti una nación grande, y te bendeciré; haré famoso tu nombre y serás una bendición” (12.2): tenemos aquí paralelismo común en la poesía hebraica: (a) Haré de ti una nación grande (b) Y te bendeciré (a) Haré famoso tu nombre (b) y serás una bendición Este paralelismo expresa una promesa de Dios a Abraham, una promesa que le acompañaría durante todo su peregrinaje como siervo de Dios y que le daría sentido y fuerza en cada momento. Toda promesa de Dios tiene que ver con su palabra, así volvemos al principio cuando por la palabra de Dios Abraham fue llamado y vocacionado. Esta promesa, aparentemente, no se parece en nada a la orden dada por Dios antes: ¿Cómo ser una nación grande si ni tierra tenemos? ¿Cómo tener un nombre famoso si dejamos atrás nuestras raíces humanas? ¿Cómo ser una bendición si nosotros mismos seguimos buscando conocer la voluntad de Dios cada día? Pero a la promesa de Dios le sigue su acción. En otras palabras, la promesa de Dios es parte fundamental de la totalidad de su historia de salvación a lo largo de los siglos. A eso llamamos “gracia”. En ese sentido, esa promesa, que era la palabra de Dios, ha guiado la vida de Abraham y ha sido “lámpara para sus pies y luz para su sendero” (Sl 119.105). Lo mantuvo en el “Camino”, abasteció su vida con la verdadera fe, le impidió de desviarse para un lado u otro. La promesa dada por Dios en su palabra crea, en cada uno, una historia de fe y de gracia. Hay un camino de fe y de gracia que seguir en el cual el pueblo de Dios (iglesia) y cada creyente en particular encontramos la bendición de Dios y, efectivamente, somos de bendición para otras personas. Ya somos bendecidos y de bendición para otros por el simple hecho de cruzar la frontera de nuestra “zona confortable” y fielmente, día a día, seguir en búsqueda de la voluntad de Dios, firmando nuestros pasos en las promesas y principios de su santa palabra. “Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan” (12.3): estas palabras siguen las anteriores como una conclusión a ellas y, a la vez, introducen las palabras finales del verso 3. Dios le promete a Abraham que su bendición les acompañara a los que le bendiga; en otras palabras, los que sigan los mismos pasos de fe de Abraham recibirán de Dios también su gracia y redención. Pero los que no sigan los pasos de fe de Abraham, estos seguramente estarán apartados de la gracia de Dios. Ya en el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo lo explica mejor cuando dice que “así los que viven por fe son bendecidos junto con Abraham, el hombre de fe. Todos los que viven por las obras que demanda la ley están bajo maldición” (Gl 3.9-10). Abraham, así, se convierte en padre de una gran nación compuesta por todos aquellos que creen en Cristo, siguiendo así la fe de Abraham, independiente de nacionalidad, extracto social o época histórica. ¡Por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra! (12.3): llegamos al clímax del pasaje, ¡la misión! Abraham recibe la promesa de Dios de que sería el mediador para que el proceso de redención en Cristo llegara a todos los pueblos, sociedades y familias de la tierra, en cualquier época. En primer lugar tenemos que entender estas palabras como siendo parte de la elección, vocación y alianza de Dios con Abraham, con Israel representado por Abraham, y con la iglesia (los verdaderos descendientes de la fe de Abraham). Se trata, por tanto, de una promesa cargada de responsabilidad para con la misión que ha sido indeleblemente impresa por la gracia de Dios en nuestra naturaleza como su pueblo. Son palabras que muestran con objetividad que Abraham-Israel-Iglesia es parte del plan eterno y redentor de Dios, un plan que se fue revelando históricamente en las Escrituras Sagradas, indicando que la elección y la alianza de Dios con su pueblo (representado en el texto por Abraham) le proyecta hacia a todos los demás con la responsabilidad de ser canal de bendición y del evangelio a toda la humanidad. Abraham comprendió muy bien la misión que recibiera de Dios. En Gn 18.18-19 esta promesa se repite cuando del anuncio de la destrucción de Sodoma y Gomorra y puede interceder por la preservación de la vida de aquellas personas (18.22-33). En Gn 22.17-18 la promesa se repite cuando Dios prueba la fe de Abraham ordenando el sacrificio de su hijo, indicando la extensión que su descendencia de fe sería como las estrellas del cielo y la arena del mar. En Gn 26.4 se renueva esta promesa ahora a su hijo Isaac, manteniéndose la misma base de la fe (26.5). En 28.14 la promesa se renueva con Jacob, indicando con más claridad la extensión territorial en donde se encontrarán personas que creen verdaderamente. Por fin, en Gn 17.5-8 encontramos la renovación de la promesa no sólo con Abraham, pero con toda su descendencia de fe. Este último texto nos proyecta directamente al Nuevo Testamento. Pablo la interpreta como referencia a todos los que creen en Cristo (Rm 4.11-12, 17-18; Gl 3.6-14); María la entiende como cumpliéndose con la venida de Jesucristo (Lc 1.55) y Esteban la menciona como uno de los pasos fundamentales en la historia de salvación en Cristo (Hc 7.5ss). Pedro lo tiene muy claro al decir que Israel, con quien Dios estableció inicialmente la alianza, fue el primero a ser bendecido por esta promesa que ahora se extiende a todos los demás (Hc 3.25-26). Con Abraham, por tanto, aprendemos que el camino de la gracia de Dios nos lleva de nuestra “zona confortable” a la misión de Dios a todos los seres humanos. Hay un largo camino entre esas dos realidades, un peregrinaje que ocupa toda nuestra historia de vida, pero que efectivamente es la gracia de Dios manifestada en nosotros y, muy importante, por nosotros. Rev. Carlos Rodriguez

martes, 14 de febrero de 2012

¡Dice el Señor!

“…que habite en vosotros la palabra de Cristo con toda su riqueza: instruíos y aconsejaos unos a otros con toda sabiduría…” - Colosenses 3.16a

“Dice el Señor” es una palabra que la necesitamos aprender y repasar cada momento de nuestras vidas. Posiblemente sea la palabra más difícil que tenemos que aprender a lo largo de nuestra existencia, puesto que va directamente en contra de la naturaleza humana comprometida por completo con un status de alejamiento de Dios (a lo que llamamos “pecado”).

“Dice el Señor” es una formula muy usada por los profetas del Antiguo Testamento para introducir el mensaje que habían recibido de Dios, un mensaje cargado por la llamada al arrepentimiento, a la confesión y a la vuelta a los principios de Dios. Un ejemplo de lo que estamos diciendo lo encontramos en Isaías 1.18 – “venid, pongamos las cosas en claro, dice el Señor, ¿Son vuestros pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedaran como la lana!”

“Dice el Señor” es una palabra que nos convoca solemnemente a tomar muy en serio lo que Dios tiene para decirnos cada día; o sea, nos llama de vuelta a las Escrituras Sagradas como nuestra única fuente de conocimiento de la voluntad de Dios. En ese sentido, nos cabe aquí una palabra de alerta: es muy común que nuestra lectura de la Biblia se paute por lo que sentimos; por ejemplo: al leer un texto nos sentimos bien, confortados porque era lo que necesitábamos en aquel momento, según nuestro parecer. En ese sentido, somos muy intuitivos al leer la Biblia, pues confundimos nuestros sentimientos, expectativas y capacidad personal de comprensión con la voz del Espíritu Santo que nos habla. Entregarnos a una lectura bíblica tan intuitiva, como muchas veces lo hacemos, puede ser peligroso por llevarnos a pensar que lo que sentimos y comprendemos es igual a “palabra de Dios”.

Pero si volvemos a nuestro texto de Colosenses, creo que encontramos algunas respuestas y caminos en cuanto a nuestro acercamiento a la palabra de Dios.

1. “Dice el Señor": la palabra de Dios en el contexto de la vida cristiana: para comprender mejor la amplitud de la enseñanza del verso 16, hay que echar un buen vistazo a su contexto. Este verso es parte de un todo literario que empieza en el inicio del capítulo, donde Pablo pone énfasis en la santidad de la vida cristiana. Empieza afirmando que hemos ya resucitado con Cristo (3.1), que Cristo es nuestra vida (3.4), que nos hemos cambiado el ropaje de la vieja naturaleza con sus vicios y nos hemos puesto el de la nueva naturaleza (3.9-10), que somos los escogidos de Dios, santos y amados (3.12), y que el Señor nos perdonó (3.13).
A la luz de estas afirmaciones que confirman nuestra relación y pertenencia a Cristo, el apóstol saca una cuantas implicaciones, tales como: buscad y concentrad vuestra atención en las cosas de arriba (3.1-2), haced morir todo lo que es propio de la naturaleza terrenal (3.5-9), revestíos de afectos entrañables y de bondad, humildad, amabilidad y paciencia, tolerancia y perdón mutuos (3.12-13) , vestíos de amor (3.14), que la paz o la reconciliación gobierne vuestro ser (3.15), que la palabra habite en vosotros (3.16), cantad alabanzas y tened gratitud (3.16-17).
Como vemos el “habite en vosotros la palabra de Cristo en toda su riqueza, instruíos y aconsejaos unos a otros con toda sabiduría” no es una afirmación aislada, ni una amonestación apostólica desconectada de un concepto de espiritualidad global, que llega a cada partecita de nuestro ser. El “dice el Señor”, por tanto, está conectado a todo lo demás y lo que el Señor tiene a decirnos tiene que ver con todo lo que somos, tenemos, hacemos, pensamos y deseamos y no únicamente a lo que nos interesa en cada momento o dilema que vivimos. El “dice el Señor” abarca la totalidad de nuestro ser y de nuestra vida, nos transforma progresivamente tanto en lo que reconocemos que necesitamos cambiar, como en estructuras de pensamiento, de sentimientos y de conductas en las que no queremos cambiar puesto que nos agrada y en las que ya estamos confortablemente establecidos.

2. “Dice el Señor”: somos la morada de la palabra de Cristo: “que habite en vosotros la palabra de Cristo: Todo lo que el Señor tiene que decirnos está registrado en la Biblia. Todo lo que tenemos que oír y aprender del Señor no está depositado naturalmente en nuestro ser, o en nuestros sentimientos ni siquiera en nuestra forma de comprender la vida, sino que más bien lo encontramos cuando nos acercamos a la Biblia con la correcta actitud de fe, arrepentimiento, confesión, humildad y con el corazón abierto para que el Espíritu Santo nos convenza de lo que sea.
Por otro lado, el texto es muy claro cuando dice que la palabra de Dios debe encontrar morada en nosotros, como una respuesta a la propia obra de Cristo que nos salva y nos redime. ¿Qué significa que somos la morada de la palabra de Cristo? Seguramente significa que los valores y principios revelados por Dios en las Escrituras van progresivamente penetrando nuestra mente y cambiando la forma como entendemos la vida, reaccionamos ante ella y la forma como sentimos y queremos. El apóstol nos dice en Rm 12.2: “no os amoldéis al pensamiento pecaminoso predominante de nuestra época, sino sed transformados mediante la renovación de vuestra mente”. Al habitar en nosotros la palabra de Cristo nos transforma y cambia la manera como pensamos y sentimos. Se trata de una verdadera metamorfosis, de gusanos a mariposas.
Al habitar en nosotros la palabra de Dios crecemos día a día en compromiso de fe con Dios y aumenta en nosotros el deseo y, consecuentemente, la capacidad de actuar, de pensar y de sentir conforme la buena voluntad de Dios. En ese sentido, habitar en nosotros la palabra de Dios es la única manera que tenemos de conocer y de experimentar la voluntad de Dios y de vivir evangelizadoramente en nuestra sociedad.
Al habitar en nosotros la palabra de Cristo nos identificamos con Cristo, con su reino y con la intención redentora de Dios hacia la humanidad, lo que de hecho nos compromete de cuerpo y alma con la obra de salvación que hace Dios entre los seres humanos. Pero para que seamos la morada de la palabra de Cristo tenemos que comprometernos con la lectura y con el estudio serio y humilde de las Escrituras Sagradas. No leerla para vernos espejados en sus palabras, sino que la debemos leer en contra de nosotros mismos para que seamos progresivamente transformados por su poder.

3. “Dice el Señor”: una palabra en toda su riqueza: “que habite en vosotros la palabra de Cristo en toda su riqueza”. Cuando hablamos de que la palabra de Cristo se extiende en nuestro ser, no podemos pensar que solo habita en nosotros una parte de esa palabra, sino que, en verdad, toda la riqueza y la profundidad de la palabra de Cristo es lo que ejerce en nosotros su poder.
Despidiéndose de los presbíteros de la iglesia de Éfeso, Pablo les dice claramente que “sin vacilar os he proclamado todo el propósito de Dios” (Hc 20.26). De eso se refiere cuando leemos que la palabra de Cristo habita en nosotros con toda su riqueza, que todo el propósito y el consejo de Dios debe llegarnos a nosotros con el poder de cambiarnos y someternos a la voluntad del Señor. No hay nada de lo revelado por Dios en las Escrituras que no debamos recibir, comprender y asimilar en nuestra forma de pensar y sentir.
Seguramente Dios no nos ha revelado todos los misterios y conocimientos relacionados con su ser, con su obra y con nuestro propio futuro a su lado. Hay muchas cosas que jamás llegaremos a comprender en vida, cosas que el Padre ha guardado para su exclusiva autoridad. Pero, seguramente, todo lo que necesitamos saber para recibir y vivir plenamente la fe y la salvación nos ha revelado en su palabra santa. Por tanto, no hace falta buscar lo que no está totalmente revelado, pero sí debemos buscar intensamente lo que Dios nos dice, pues se trata de su riqueza para con nosotros.
Así que buscar lo que “dice el Señor” es una actitud de fe que nos lleva a profundizar a diario en sus maravillas y en sus riquezas. Eso significa, también, que no podemos contentarnos con lo que ya hemos alcanzado, sino que debemos progresar hacia el fondo de las Escrituras, estudiándolas con diligencia porque en ellas encontramos las palabras de vida eterna (Jn 5.39). Si nos contentamos con solo la predicación de los domingos, o con oír un mensaje por internet, o con leer el “Cada Día”, sin dedicarnos nosotros mismos al estudio da la Biblia, como dijo Cristo, andamos equivocados porque desconocemos las Escrituras y el poder de Dios (Mt 22.29). Mucha de la falta de vitaminas y proteínas espirituales se debe a que nos contentamos con lo mínimo de los mínimos cuanto a la palabra de Dios, y nos convertimos en cristianos débiles, que nunca progresamos y siempre nos mantenemos en los mismos pensamientos y sentimientos.

4. “Dice el Señor”: una palabra a ser compartida: “que habite en vosotros la palabra de Cristo con toda su riqueza: instruíos y aconsejaos unos a otros con toda sabiduría”. La palabra de Cristo que mora en nosotros con toda su profundidad y riqueza, como parte de la espiritualidad cristiana, no es una palabra que nos sirve solo a nosotros, ni que está solamente a nuestro servicio, para nuestra satisfacción personal. “Dice el Señor, sin embargo, solo alcanza su dimensión más amplia en nuestro ser cuando nos consagramos a ser canales de esta palabra a otras personas, por medio de lo que decimos y hacemos.
En el final de la Gran Comisión que nos ha dado Cristo (Mt 28.20) nos dijo él: “enseñándoles a obedecer todo lo que os he mandado”. Eso significa que una de las partes fundamentales de la vida cristiana y de la misión de los cristianos es instruir y aconsejar con la palabra de Dios con el propósito de que su palabra se extienda por todo el mundo, o sea tanto sobre la vida de los cristianos, como sobre la de los que todavía carecen de conocer a Cristo.
“Instruíos y aconsejaos mutuamente con sabiduría”, significa, efectivamente, que la palabra “dice el Señor” cobra sentido en nuestras vidas lo suficiente como para que nos preocupemos y nos dediquemos a compartir con los demás la profundidad y el poder que la palabra de Dios asume a diario en nuestro ser. Se trata de ejercer un ministerio de bendecir unos a otros con lo que cada uno ha estudiado y aprendido de la Biblia. Lo interesante de ese ministerio es que el apóstol lo divide por lo menos en dos dimensiones: la de la enseñanza y la de la consejería. Es obvio que con las palabras “instruir” y “aconsejar” procura englobar todas las demás formas y maneras de comunicar a otros la palabra poderosa de Dios.
Lo importante es que reconozcamos que la palabra no esté aprisionada en nuestro interior, sino que seamos instrumentos de Dios para la instrucción de otros, para que los demás puedan ver con claridad el camino de la salvación de Cristo, para que otros reciban ánimo y consuelo de Cristo y para que todos podamos crecer edificados mutuamente por la palabra de Dios en nuestra comunidad de fe, que es la iglesia. Por eso, compartir lo que el Señor dice por las Escrituras, por medio de nuestras palabras y nuestras vidas es parte del fundamento de la espiritualidad y de la misión cristiana.

ALGUNAS CONCLUSIONES: creo ser importante, desde lo que hemos comentado, sacar algunas conclusiones que nos lleve a pensar un poco más sobre la palabra “dice el Señor”.
1. La Biblia no es un adorno: aunque nos guste tener una Biblia bonita con letras doradas sobre el aparador de la entrada, no puede resumirse a eso. Tampoco es para estar guardada toda la semana en un cajón. La Biblia es un libro de trabajo para los cristianos, pues buscamos encontrar en sus páginas la vida de Dios para nosotros;
2. La Biblia es la revelación especial de Dios: no se trata solo de una historia antigua o de cuentos que nos son distantes. Se trata de la fuente de vida de Dios, de su revelación especial por la que conocemos, y únicamente por ella, el camino de la salvación en Cristo Jesús. Si queremos oír la voz de Dios no la oiremos sino por las Escrituras Sagradas. Es la forma como Dios nos habla;
3. La Biblia nos conduce a una vida creciente de fe: si no nos acercamos con seriedad y humildad a las páginas de la Biblia jamás creceremos en la fe. Es bueno oír una predicación, conocer el testimonio de otros hermanos que han pasado por lo que estamos pasando nosotros ahora, o incluso leer buenos libros que nos hablan de la Biblia. Pero, en lo que se refiere a crecer en la fe, solo creceremos y nos solidificaremos si nos acercamos con afinco a la Biblia;
4. La Biblia debe ser leída y estudiada diligentemente: no podemos leer la Biblia de cuando en cuando, cuando creemos que lo necesitamos, o cuando nos sentimos presionados a hacerlo. ¡De ninguna manera! La Biblia la debemos leer y estudiar porque reconocemos que no hay otra fuente de vida para nosotros. Por eso la estudiamos con diligencia, atención y de forma entregada a ella.
5. La Biblia debe ser compartida con todos los demás: por fin no podemos dejar de mencionar el carácter misionero y evangelizador de la Biblia y del ministerio cristiano. En ese sentido, todo lo que podamos compartir de las enseñanzas bíblicas con otras personas es de fundamental importancia, sea por medio de regalos, de literatura, de coloquios, de canciones, de poesía, en fin, por todos nuestros poros, por lo que decimos, hacemos y por la forma como nos comportamos.
¡Que la palabra “dice el Señor” crezca y cobre un sentido renovado en nuestro ser cada día!